El salto de Felix Baumgaher y la clase política

Cuando el austriaco Felix Baumgaher abrió la cápsula que le había transportado hasta  40 kilómetros de la tierra, se encontró con una temperatura de 20 grados bajo cero. Su única protección era una escafandra similar a la que usan los astronautas en los paseos espaciales o los pilotos de aviones de gran altitud.

En la caída, aceleró continuamente hasta alcanzar los casi 1350 KM/h después de caer los primeros 10.000 metros en unos 40 segundos.  A esa altura la velocidad del sonido (1.24 Mach) provoca esfuerzos mecánicos que pueden llegar a dañar la estructura de un avión. Baumgartner tuvo que sentir por momentos ese esfuerzo en su cuerpo.

Uno de los peligros a los que se enfrenta un paracaidista en caída libre, es a la aparición de giros descontrolados. Un saltador puede verse atrapado en una rotación horizontal a más de 200 giros por segundo. La sangre tiende a acumularse en las extremidades o en la cabeza y su efectos son numerosos; uno, hemorragias cerebrales. Durante unos segundos Baumgartner cayó sin control hasta que consiguió estabilizarse.

A 40 Km de altura la resistencia del aire es débil, por lo que las técnicas tradicionales de paracaidismo tienen poco efecto. Para reducir el peligro, Baumgartner llevaba un pequeño paracaídas estabilizador al que se unía  un hándicap, la apertura era manual para así no comprometer el objetivo de superar la velocidad del sonido.

Más de la mitad de la caída fue en condiciones próximas al vacío. Cualquier fallo de presurización de la escafandra podría haber tenido consecuencia como: los fluidos (saliva, lágrimas, humedad de los bronquios…) pueden entrar en ebullición, provocando embolias de consecuencia fatales.

Hasta donde sabemos, nunca antes un ser humano había conseguido algo parecido. Es así por lo que presuponemos que Felix Baumgartner es el primer hombre en atravesar la velocidad del sonido en caída libre. Y decimos presuponemos porque la subjetividad del hombre va mucho más allá. Un noventa por ciento de una encuesta aleatoria en un lugar remoto, ha repetido la hazaña del austriaco lanzando a toda la clase política al vacío. O lo que es lo mismo, ha dejado claro que a día de hoy, por mucho que algunos bien pagados intenten ocultar lo contrario, la sociedad detesta a la casta política.

Esta realidad, nada del otro mundo para el ciudadano común, sirve para destapar otro problema de vital importancia. Problema, por cierto, más urgente y de peor caldo que todos lo que circulan por los medios de comunicación generalistas. La sociedad no sabe lo que hace con su voto. Y es que a bote pronto se puede afirmar que un setenta por ciento de los individuos que habrían lanzado a los políticos al vacío, meses antes les apoyaron mediante el voto.

Ese sesenta por ciento ratifica la cadencia democrática de una sociedad que vive embebida por diferentes razones. Algunas como: el miedo, el chantaje, la dejadez, el individualismo. Ahora bien, agarrados a los porcentajes y contando con los dedos, podemos decir que un ochenta por ciento de los encuestados son capaces de echarse la culpa de aquello que no son culpables, véase “hemos vivido por encima de nuestra posibilidades”, sin ser capaces de reconocer tras una simple explicación que de lo único que son culpables es de lo que ahora tirarían desde 40 kilómetros, la casta política.

Posiblemente a lo largo de las próximas semanas las imágenes, los vídeos y los textos sobre Baumgartner circulen por las principales portadas. Como posiblemente esta humilde reflexión se quede en los anales de la basura digital. Pero nunca antes, un salto desde tal altura, había desvelado algo de tanta importancia y a lo que se había dado tan poco bombo.

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La vida

Cómo nos hacemos mayores. Cómo cambia nuestro cuerpo y nuestro entorno. A cada paso que damos, consumimos parte de lo que el ser humano hemos bautizado como vida. Un frío golpe sobre la mesa, el pulsar una tecla para escribir una letra o el simple hecho de leer cada una de las palabras de este texto, no es más que el paso del tiempo. O si lo miramos desde una perspectiva con cierta connotación pesimista, la cuenta atrás de lo que nos queda por vivir.

Qué gran invento eso de la vida. Perfectamente medida si atendemos a las frías cuantificaciones matemáticas de los segunderos, pero tan caótica y relativa si nos dejamos llevar por las emociones. Cuántas vidas se hacen eternas por no hacer nada y cuántas se esfuman en un abrir y cerrar de ojos por hacer todo.

Hay muchas marcas que dibujan las distintas etapas que atravesamos a lo largo de nuestra vida. Algunas las intentamos pasar lo antes posible  o hacemos malabares temporales para engañar a lo que somos según los códigos biológicos; los pañales, el andar, la masturbación púber, los granos. Otras las recibimos con agrado pero odiamos que lleguen, buscando en todo momento (marca sin duda) que pasen despacio; el bastón, la impotencia, los problemas de memoria.

Qué jodido tiene que ser que te cedan el sitio en un metro cuando todavía te sietes joven. Seguramente que estés cansado, pero te digas: solo por sentirme joven voy a permanecer de pie. Creo que debe ser tan jodido como cuando no te dejaban pasar a tal sitio por la edad y en el DNI que olvidabas en casa ponía que superabas los dieciocho.

La vida se pasa y nos hacemos mayores. Caminamos por el segundero sin percatarnos. Con los ojos vendados por el vivir no dejamos de creernos que somos inmortales. El problema para algunos y alivio para otros es que llegará nuestro fin. Mientras tanto seguimos marcado la página del libro, preparando la comida para el día después, quedando con tal persona para comer dentro de seis días… porque esos actos nos permiten estar vivos, manteniéndonos vacunados contra el quemar de los días.

Y la huella. ¿Qué me dicen de la huella? Siempre luchando porque la huella que dejemos se tan grande como para rellenar una entrada de la Wikipedia. Unos pintan, otros hacen máquinas imposibles, otros buscan la paz, otros la destrucción, y todos o casi todos, agarrados a las circunstancias, dejamos medianamente la huella de nuevas vidas.

La vida, que gran invento y que poco lo valoramos. Es una pena que después de todo, sea corta para quien quiere que sea larga y sea larga para quien quiere que sea corta. Y una pena, que algunos la malgasten pensando que les espera otra. Hay la vida.

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ESN

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La soledad era esto

El ojo de don Juanjo siempre está ahí para sacar punta si hace falta a un bolígrafo

He terminado la novela ‘La soledad era esto’ de Juan José Millás. A pesar de que tenía referencias muy buenas, el libro no me ha llenado tanto como otros del mismo autor (sigo pensando que con su primera novela, Cerbero son las Sombras, Juanjo recompuso con precisión la ruinosa y anacrónica generación que le tocó crecer al calor del franquismo, haciendo de esto una obra maestra). No por ello tengo que decir que es un bodrio, al contrario, es Juan José Millás cien por cien. O de otra forma diciendo lo mismo: convierte un tema singular en algo peculiar, invitando al lector a repensarse muchas de las escenas de su existencia a primera vista banales. Tampoco digo que las escenas retratadas por el escribidor sean banales, ni mucho menos, simplemente resultan banales para el pensamiento conformista y acrítico generalizado o cuotidiano (me gusta esta palabra).

‘La soledad era esto’ responde a la historia de Elena Rincón, una mujer de 43 años que, tras la muerte de su madre, pone el punto de partida a una lenta pero intensa metamorfosis hacia la libertad, comprendiendo sistemáticamente los distintos factores que vienen a componer su soledad. El personaje, que vive en el más absurdo escenario, saca los dientes a todos los agentes que le habían conducido a esa situación: su marido, sus hermanos, su hija; desnudándolos como si de un psicoanalista se tratase y utilizando el propio proceso para conocerse a sí misma.

Una de las cosas que llaman la atención a leer la novela es la forma que Juanjo utiliza para articularla. Aquí son claves las narraciones de Elena, unos cuadernos de su madre que descansaban en un armario, y el testimonio de un detective que la protagonista contrata para espiar a su marido y que al final acaba espiándola (como curiosidad, a petición de Elena). A través de estas tres voces o tres narradores, el libro construye lo relatado anteriormente sirviendo de palanca para ahondar en un tema que se repite en los autores de las generaciones que vivieron o fueron testigos de El Mayo del 68, la sustitución de la ideología de izquierdas por las tarjetas de crédito. O lo que es lo mismo, cambiar los ideales puros por un puñado de billetes. Y es que Juanjo inquiere en algo que hoy los prudentes no dejan de repetirnos: ‘los que gritan libertad serán presos del sistema dirigiendo el sistema’ (miren los soplagaitas de los Steves Jobs y compañía).  Un claro ejemplo de todo esto lo podemos ver entre otros en Enrique, el marido de Elena. Un ex militante de izquierdas y ex defensor de la idea que vive obsesionado por aglutinar y crecer como empresario dentro del capitalismo, convirtiendo toda su vida en material de consumo (las mujeres, los viajes, el alcohol, la droga…)

Es aquí, alcanzando esta reflexión sobre la verdadera creencia y defensa de los ideales, donde el lector ávido posiblemente  caiga en diferentes interrogantes: ¿hasta qué punto están los puños cerrados de tantos? ¿Seguirán llenos de bondades y sueños, o por el contrario se llenarán de billetes? ¿Cuánto queda para que sus bocas sustituyan la palabra camarada por la de empleado?

El último libro que leí, antes de éste, fue El Castillo, esa gran obra de Kafka. Y es que parece que el azar  ha jugado en mi favor a la hora de disponerme a seleccionar los libros. Pues Juanjo, rescata otra de las obras claves del autor, la Metamorfosis, para desarrollar una metamorfosis en el personaje de Elena. Una metamorfosis por cierto al revés. Digo al revés pues, si Kafka convierte en cucaracha a Gregorio Samsa (protagonista de la Metamorfosis), Juanjo transmuta a Elena (de forma metafórica) de una simple cucaracha a un pájaro libre.

Que lo disfruten, si lo leen.

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Contra el bajón

El hecho de vivir en sociedad ya es un dato a tener en cuenta a la hora de medir el ánimo. El trabajo, la familia, los amigos, los vecinos son variables que aumentan de la misma forma que perturban nuestra felicidad. Si a todo esto sumamos coyunturas en las que el grupo pasa por momentos de dificultad prologada, el tener una sonrisa se convierte en una quimera compleja de alcanzar.

En los últimos años, con la actual crisis económica, el número de depresiones y suicidios ha crecido considerablemente. La desesperación y muchas veces el no hacer nada, condenan al individuo a vivir en estados de estrés prolongados. Pero no solo el dinero, la ausencia de valores consistentes, y en muchos casos la ausencia de una vida espiritual, complementan todo lo hablado.

Los diferentes estudios revelan que gran parte de los ciudadanos de los países desarrollados sufren o han sufrido ansiedad y no lo saben ni han sabido. Según la Organización Mundial de la Salud 1 de cada 4 personas sufrirá algún trastorno depresivo a lo largo de su vida. Circunstancias normales de carácter endógeno como la menopausia, lleva a muchas mujeres a problemas mentales severos. La simple búsqueda de la identidad en los jóvenes puede desmoronar la conciencia de los mismos. Dolores de cabeza, de brazos, de pecho, vómitos, diarreas son algunos de los primeros síntomas que se manifiestan. Síntomas que confunden en muchos casos al especialista en el diagnóstico real de la enfermedad.

Pero, ¿hay alguna posibilidad de curar esa decaída del ánimo antes de entrar en un estado severo de depresión o cualquier enfermedad mental?

Para que nuestro cuerpo funcione correctamente debe tener el organismo en plena armonía. De esto se encarga nuestro cerebro a través de las neuronas, que se transmiten mensajes mediante los denominados neurotransmisores. La serotonina es uno de los principales neurotransmisores. Su función es la de regular el estado de ánimo. De manera que cuando la serotonina sufre desequilibrios, tendemos a episodios de decaimiento o pesimismo. La persistencia continuada de desequilibrios puede conducir al individuo a complicaciones de carácter más agudo.

Hasta hace unos años la decaída del ánimo no se trataba. Era necesario que el sujeto entrase en fase severa de depresión. En los últimos tiempos la ciencia ha puesto el ojo en la prevención mediante encomiendas ligadas a una vida saludable: llevar una dieta completa y sana, hacer ejercicio, mantener la cabeza ocupada en quehaceres gratificantes, y así una larga lista.  Pero también recomienda tratamientos como es el caso de la Aquilea Optmis. Un producto de origen natural que tiene como principio activo el Safranal, obtenido de los estigmas de la flor del azafrán que, aparte de su valor como aditivo alimenticio, distintos estudios revelan su potencial para ayudar a mejorar el estado de ánimo. Y todo esto con una variable positiva, al ser un producto natural, los efectos secundarios son nulos.

La función básica de este componente es ayudar a inhibir la recaptación de serotonina, permitiendo el mantenimiento de un estado alto de concentración de serotonina y evitando en todo momento la decaída del ánimo.  Un componente sin duda natural que ayuda prevenir para que el vulgarmente conocido bajón, no pase a ser una dolencia compleja como lo son las todavía incomprendidas y muchas veces desacreditadas ansiedades, depresiones y cualquiera de las enfermedades relacionadas con la mente.

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El castillo (Kafka)

Conoces a Kafka. Has leído el Proceso, la Metamorfosis, y ahora, después de haber masticado otros títulos de grandes autores de la literatura, te sientas con el Castillo. Bonita metáfora ya la del nombre. Ese Castillo que está en lo alto de una colina, por encima del pueblo. Inaccesible, rígido, con una fisonomía cambiante acorde a la distancia a la que se encuentre el que lo contemple (de lejos es más bello, de cerca se muestra el deterioro del paso del tiempo).

Lo que nos narra Kafka  es la historia de K (nuevamente vuelve a recurrir a K para llamar a su personaje), un individuo del que poco sabemos que ha llegado a un pueblo alemán contratado como agrimensor por los propietarios del mismo, que viven en el Castillo. La novela, desarrollada en seis días, gira en torno a las averiguaciones acerca de su puesto de trabajo y el acercamiento del personaje a las autoridades que le han llevado allí. El primer día al anochecer, en una posada en la que decide alojarse, le deniegan el acceso por falta de permiso de la autoridad pertinente.  Momento crucial, ya que ahí, K fija el camino o estratagema que articula toda el libro: pertenecer al grupo sea como sea y a costa de lo que sea. Y en ese camino se cruzará Friedla, la amante de Klamm (autoridad del castillo), con la que se comprometerá al calor de las sábanas.

Todo esto nos lleva a destacar una anécdota que no pasa de anécdota (perdonen la redundancia) si no has leído la novela, la fuerte influencia que tiene Kafka de la obra de Max Weber (su hermano, Alfred, fue profesor del Kafka, que queda impresionado con la forma que tiene Weber de analizar la sociedad industrial y sus peligros),  y cómo ésta es clave para la construcción del relato.

Metiéndonos un poco más en el mejunje técnico, pronto nos damos cuenta que la historia está contada por un narrador omnisciente del que llama la atención el hecho de la coincidencia de su perspectiva con la del personaje. Ya no solo sabe todo, sino que tiene su representante, además protagonista, en el relato. Recuerda a la figura de Dios y Jesús (uno en el cielo y el otro en la tierra). Aunque los hechos protagonizados por k se desarrollan linealmente, según he leído por ahí, no recuerdo dónde, la novela está estructurada de una manera que no puede ser calificada de lineal (introduce analepsis y prolepsis que crean un ritmo irregular de la narración ralentizándola o incluso parándola, para mostrar las dificultades del personaje para conseguir sus objetivos). En cuanto al espacio, qué decir que no haya dicho (el Castillo y el pueblo), eso sí, destacando que la mayor parte de los lugares son cerrados, pequeños, mezquinos, dominados por la oscuridad…; resumiendo, agobiantes.

En una de las partes del libro K se reúne con la hermana de Barnabás (que es el mensajero del catillo), Olga. Allí se entera que su familia lleva aislada socialmente durante años tras el rechazo de su hermana por una serie de relaciones infructuosas con uno de los funcionarios del Castillo. En esta parte Kafka hace un ejercicio de maestría al desarrollar con precisión diferentes procesos de la formación de la opinión, y cómo estos, son más poderosos para destruir a una persona, en este caso a una familia, que cualquier tipo de opresión física. El Castillo no solo son los funcionarios, ni  tampoco la pétrea estructura, el Castillo es el grupo y la opinión que domina el grupo siempre generada y condicionada por el poder superior. Dicen que Kafka escribió esto en una instalación turística a la que acudió para recuperarse de lo que hoy en día en la psicología moderna se conoce como ansiedad. Seguramente allí, si el sitio se caracterizaba por tener un ambiente social de carácter rural, sería consciente del poder de destrucción de la opinión en grupos pequeños y cerrados.

Y así, para poner fin y no interrumpirles en sus quehaceres, se puede decir como reflexión general que el libro es una obra maestra (cómo no en Kafka) que el autor nunca llegó a acabar (cómo no en Kafka). Una metáfora perfectamente construida y desarrollada, alejada de maniqueísmos y de no fácil lectura, donde el autor, se muestra políticamente incorrecto mediante la virtud que envuelve toda su obra, el sarcasmo. Presentando así una distopía que invita una vez más a entender el anarquismo como única salida a la alienación que el poder impone al ser humano. Una distopía donde el lector paciente observará la rigidez y las incoherencias de una estructura social hecha para unos pocos, y la contradicción de todos por intentar pertenecer a ella.

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¿Quién sabe dónde?

La teoría del cultivo se centra en el estudio de las consecuencias colectivas a largo plazo de los medios de comunicación. En concreto, de la televisión. La televisión tiene la capacidad de construir nuestro entorno simbólico. Por ejemplo, podemos saber cómo es New York sin haber estado nunca. Conocemos el rostro y la conducta de fulanito de tal sin habernos cruzado con él una sola vez.

Igualmente fija una frontera entre dos tipos de consumidores televisivos. Los consumidores duros: aquellos que pasan largas horas frente al aparato, generando desconfianza hacia su entorno y más miedos que; los consumidores blandos: que reclaman principalmente seguridad.

Según todo esto la televisión cultiva valores, creencias, principios, emociones…

En los años noventa, germen del Reality Show como se conoce hoy, nace en la televisión pública ¿Quién sabe dónde? Programa que pronto se convirtió en la central televisada de los desaparecidos de España. Su cometido era encontrar a todos los que por diferentes razones, habían dejado su hogar sin aclarar el porqué de su marcha y el lugar donde se encontraban. Para muchos el espacio pasó a ser un referente, un escaparate donde el desaparecido o persona allegada al desaparecido, percibiese el grado de preocupación que tenía la familia, amigos o enemigos. Pero, aparte de servicio público, tenía un cometido intrínseco negativo, entretener a la sociedad española pasando el cotilleo de la escalera a la propia televisión. (“Han encontrado a fulanito de tal…” “pues dicen que no sé quién dejó su casa porque su mujer le ponía los cuernos… ” “pues a esa mujer la mató el marido y encima el muy cabrón tiene la poca vergüenza de salir en televisión diciendo que la está buscando…”)

Ahora bien, la fachada de servicio público y escaparate para el entretenimiento jugó en contra de las previsiones de la propia cadena. Toda una época quedó marcada por citado espectáculo provocando en la psique del consumidor televisivo el terror generalizado. La calle se convirtió en un espacio para la desconfianza donde los niños huíamos y nos escondíamos en cada esquina al ver pasar a desconocidos. Los padres dudaban de si sus hijos deberían salir solos a la calle. El rostro del vecino raro de al lado se tatuaba en la  conciencia del vecindario.  Se temía que los ancianos, en un arrebato de soledad, decidiesen emprender un camino que les alejase para siempre de sus hogares.

Y es que aquel programa provocó en muchos de los grandes consumidores un desplazamiento de la realidad, deslizándoles a un mundo de terror donde se temía que llegase el fatídico momento en el que sus hijos o allegados o ellos mismos desapareciesen. El pánico construyó una realidad asentada en la duda y la desconfianza hacia el extraño. Una realidad, incluso, con banda sonora. ¿Recuerdan aquella música espeluznante?

La teoría del cultivo también habla que ese cultivo se produce en tres etapas. Los consumidores de televisión observan un mundo diferente al real. Los grandes consumidores pueden desplazarse de la realidad. Las representaciones sociales no se absorben de forma selectiva, sino que el consumidor televisivo se sienta y van cayendo.

Toda esta teoría recibió diferentes críticas, pero aportó fundamentalmente datos y estudios que sirven para ilustrar los peligros de ciertos programas. Demostró como este tipo de máscara de servicio público, no tiene nada más que un interés comercial que convierte a toda una sociedad en cotilla por excelencia, desplazando o confundiendo su propia realidad.  España, vivió aterrada, y yo, fui víctima de ese miedo.

Por desgracia hoy podemos encontrar programas de esta calaña en diferentes cadenas. Un claro ejemplo es Hermano Mayor. Todavía no sabemos cuáles serán los efectos a largo plazo , pero gracias a los precedentes, son más que obvios. La televisión pues, se tiene que plantear si estas formas televisivas son acertadas o por el contrario no son nada mas que un foco que deteriora la salud mental ciudadana.

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“Sin periodistas, no hay periodismo; sin periodismo, no hay democracia”

La profesión de periodista está de capa caída. Vive su peor año en lo que a paro y precariedad de refiere. 6200 periodistas han perdido su empleo y 1309 en el primer trimestre del año. Muchos de los que trabajan lo hacen con contratos basura y los que buscan encuentran ofertas precarias.  Las universidades sacan unos 3000 licenciados en periodismo de los que solo 500 consiguen encontrar un puesto de trabajo. A todo esto hay que sumarle el descrédito de la sociedad a la profesión fruto de las técnicas manipuladoras de los grupos mediáticos.

El próximo 3 de mayo, día mundial de la libertad de prensa, la Federación de Asociaciones de Periodistas de España (Fape) ha convocado diferentes concentraciones en más de 43 ciudades de España en defensa de la dignidad de la profesión bajo el lema “sin periodistas, no hay periodismo; sin periodismo, no hay democracia”.  Ahora bien, ¿cuál o cuáles son las causas que han conducido al sector a esta situación?

  • Fuga de publicidad de los medios tradicionales de comunicación a internet. Los medios de comunicación viven principalmente gracias a la publicidad. El paso de la misma a internet ha provocado que muchas de las cabeceras de prensa escrita hayan desaparecido y otras se hayan tenido que adaptar al par de cobre. El ciberespacio a día de hoy no es rentable. A esto hay que sumar que las redacciones digitales necesitan menos personal y que gran parte de ese personal se cubre con becarios.
  • Aparición del fenómeno: cualquier persona puede ser periodista. La figura del periodista profesional ha sido sustituida por iletrados bufones que confunden el entretenimiento con la información. Gentes desprovistas que sobreviven en el sector gracias a alguna canallada popularizada mediáticamente. También, gran parte del sector, ha sido cubierto por residuos de otros sectores que bajo el nombre de analistas, cumplen la función de forma calamitosa.
  • La manipulación constante. Los principales grupos mediáticos han apostado por un modelo de comunicación basado en la información maquillada. Un tipo de mensaje que responde a los intereses económicos de los financiadores  alejado en todo momento de las realidad social. Esto ha provocado fenómenos como “El Mundo Today”, noticias falseadas construidas para consumir con fruición y que sirven de huída de la calamidad informativa de las principales cabeceras. También la aparición del bloguero (líder de opinión cibernético) ha hecho que muchos lectores, oyentes o televidentes ante lo expuesto arriba, se pasen a este tipo de formato.
  • Polarización. El periodismo de izquierdas ha perdido todo el terreno. Muchos de los medios que responden a esta ideología han desaparecido, provocando que los profesionales se hayan tenido que recolocar en portales web en los que no se obtiene ninguna rentabilidad o una rentabilidad escasa para la subsistencia.
  • La traición del periodista. En consecuencia a lo anterior, los pocos periodistas que actúan trabajan vendidos violando su derecho a la cláusula de conciencia. Todo esto ha traído consigo una pérdida de valores directamente proporcionales a la pérdida de calidad de las informaciones.

Entonces tenemos que preguntarnos: ¿sin periodistas no hay periodismo? Sí, hace tiempo que no hay periodismo. ¿Sin periodismo no hay democracia? Sí, hace tiempo que no hay democracia.

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Huelga General

Unas nubes tímidamente tapaban el cielo de Madrid en una soleada tarde de primavera. Bien podría haber llegado Velázquez y haberse sentado en lo alto de un edificio para convertir un principio físico en un principio artístico. Pero esas nubes, que por cierto, no eran motivo de tormenta, no servían, y ni mucho menos sirven, como ejemplo para ilustrar la verdadera tormenta, la que días antes fue  confeccionada en los fríos (no por temperatura) despachos ministeriales y a la que todos los abajo presentes, hacían frente sin paraguas. Por cierto, para Velázquez no, pero qué aporte tan rico para uno de los cuadros de Antonio López.

Si vamos un poco más allá y entendemos la fisionomía de la emblemática plaza de Madrid, podemos encontrar en tan llamativa, rica e ilustrativa imagen, algo bastante curioso. Mirando a nuestro lado derecho, vemos la sede de la Comunidad de Madrid, escoltada por los cuerpos de maltrato del Estado. Al otro lado, más difícil de ver, toda una consecución de grandes superficies comerciales. Y en el centro, claro, como decía anteriormente, una multitud de individuos.

Ahora bien, ¿no les da la sensación que ambos lados se van cerrando aplastando a los de dentro? ¿No os recuerda a esa máquina que aparece en todas las películas de acción que se cierra triturando a los encerrados? Parece como si el Estado y el mercado estuviesen intentando aplastar a todos mientras todos estuviesen intentando, con sus habilidades dialécticas y combativas en general, superar tal encrucijada.

Es curioso, pero aparte de curioso, lo visto, y mal relatada por mi terquedad mental, es una realidad que a pocos les es indiferente. Realidad que unos intentan retratar con un discurso académico, otros, como es mi caso, a través de la metáfora, muchos con su experiencia y solo unos pocos enturbiarla para seguir llenándose los bolsillos a costa del sufrimiento de todos.

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La posmodernidad

Si solo te importa vivir el presente (el pasado y el futuro te la pelan), si buscas lo inmediato, si solo consumes consumes y consumes, si la única revolución que estás dispuesto a llevar es la interior, si únicamente rindes culto al cuerpo y a tu liberación personal, si a diario estás preocupado por los grandes desastres y el fin del mundo, si pierdes fe en la razón y la ciencia pero te corres con la tecnología, si basas tu existencia en el relativismo y la pluralidad de opciones, si tu mirada de la realidad es subjetiva, si has perdido la fe en el poder público, si te despreocupan las iniquidades, si no tienes ningún tipo de ideal, si no valoras el esfuerzo, si la ambición es cosa de tus padres, si compartes tus experiencias por internet y crees que existe una conspiración mundial contra ti y tu entorno… puedes estar satisfecho o jodido, según desde el lado que se mire. Eres un tipo muy de esta época. Un posmodernista más en pelotas ante la puerta de una nueva era. Un gilipollas en el umbral que te conectará no sabemos con qué. Un pasajero con gabán y pocas luces esperando en una bicicleta sin pedales. Un terrorista de lo que otros tanto les costó hacer. Un socio más de un club que tiene por objetivo confundirte.

En fin.

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