Se nos mueren los rojos.

No soy de aquellos que cuando fallece una persona, muy típico en mi tierra, suelen hablar de lo bueno y trabajador que ha sido, a pesar de su ruina  moral  y su despotismo hacia los otros. Me parece de ser un tanto mezquino alabar a alguien al que no conoces y decir simplemente porque su cuerpo todavía caliente descansa ante una caterva de cumplidores, lo bondadoso y realizado que se ha mostrado con todos los que allí se presentan  (incluso si ha sido perjudicial para todos). Pero se ve que nuestra España, o vuestra, es un país de hipócritas que necesitan de la apariencia y el postín para farandulear  de amistades con las que ni siquiera han tenido contacto y que en muchas ocasiones las han deseado ese momento fatal que se llama muerte. Es verdad que las flores y todo ese florero que conforman los cumplidos, hacen del entierro de uno un día especial, para muchos posiblemente es el día más reconocido de su presencia en tierra, pero por suerte, para otros, no es nada más que un mero trámite de despedida bañado con lágrimas que lloran más a la ausencia de la honestidad y el trabajo, que al propio e inevitable acto de la muerte. Y es seguro que este tipo de personas tengan sus defectos, quizás sean muchos, nadie es perfecto, pero estoy convencido de que en ellos, esos defectos, quedarán empañados por la inmensidad de sus acciones.  Por lo que cuando dejemos su entierro, no nos tendremos que quitar la careta de afligidos cumplidores, y pasarnos todo el regreso a casa despotricando sobre su persona, ya que los próximos días, y posiblemente el resto de nuestra vida, seguiremos tomando con añoranza y respeto su ofrecimiento hacia el campo que se haya dedicado.

A mi juicio, y posiblemente al de muchos, una de esas personas ha sido  Marcelino Camacho.  Sé que quizás sea parcial y todo lo que quieran decirme aquellos que piensen diferente a mí (están en su derecho), pero el día de su muerte, tras abrir la prensa y leer esas agrias palabras, los primeros vocablos que susurraron mi aliento fueron de pena, de dolor, de orfandad, porque por desgracia y más en estos tiempos, se nos mueren los rojos. Y cuando digo rojos, no hablo de toda esa nueva hipocresía de izquierda que se hace llamar así para alcanzar el poder, sino de aquellas personas que a lo largo de la historia han luchado para que todos y cada uno de los seres humanos, podamos vivir un poco mejor. Personas que un día dieron su vida y hasta su muerte para acabar con la injusticia y la podredumbre de la exclusión.  Personas (rojos), que sin que nadie ni nada les obligase, emplearon todo su tiempo e ilusión, dejando muchas veces de lado a los suyos, para hacer visibles todos aquellos rostros que a lo largo de la historia han sido soterrados mediante las injusticias y la explotación.

Quizás todos hoy lloremos la muerte de Marcelino Camacho, algunos ante su féretro y otros en la distancia, pero nadie, aunque lo claudique, podrá hablar de sus acciones como actos irresponsables y autoritarios. Porque aunque nos obcequemos en plantearlo (por ideales, conflictos personales…) hoy, incluso mañana, y el resto de nuestras vidas y las de nuestros descendientes, seguiremos acordándonos día a día de que en el fondo, directa o indirectamente, todos los trabajadores hemos salido beneficiados con esta genial persona.

Descanse en paz.

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Acerca de elsillóndelvago

el sillon del vago
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5 respuestas a Se nos mueren los rojos.

  1. viejo sam dijo:

    No soy de los del puño en alto, sobretodo porque cambiaron de brazo. Aún así, mi reconocimiento póstumo y mi deseo en su recuerdo, que su intensa lucha no sea en balde. Hasta siempre Marcelino, todos incluso los que no te conocen te están y estarán agradecidos. Descanse en paz

  2. pepi dijo:

    sigue escribiendo. me gusta tu estilo

  3. maracaibo86 dijo:

    que se joda el rojo

  4. Noemi dijo:

    el maracaibo este quien coño es?????

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