El silencio de los ruidos del corazón.

Escrito: Anónimo.

El ruido envolvente del espacio me perfora los oídos, en el corazón de una fría estación, un simple e incómodo mes de febrero. Me duele la cabeza, los ojos, el estómago, los brazos, las piernas, la vida en general. Siento un cosquilleo que sube por mi esófago y se pierde entre mis desgastados dientes.

(…)

Abandono la distancia y transito con mi mirada un leve espacio un tanto inocuo. Son las ocho menos diez, el tren debe estar al llegar. Mientras pienso y cavilo mi presente, interrumpo mi vista y afino mis oídos. La megafonía anuncia la llegada de un tren procedente de Alicante.

Son las ocho, debes estar al llegar. Extraigo un paquete de tabaco. Es Fortuna y está por la mitad. Acto seguido rebusco entre mis desordenados bolsillos. ¿Dónde está el mechero? Siempre igual, siempre atado a un desorden que retrae mis acciones, que me hace lento, que me condena a la espera afortunada, o simplemente a la desafortunada practica de no dar con lo que deseas.

(…)

Esa madre está regañando a su hijo por su constante desobediencia. Qué pena y a la vez que nostalgia me da ver tal escabrosa escena. Por qué el joven truhán no se percata de la pura realidad. Que indefensos y estúpidos somos cuando consumimos los primeros años de nuestra vida, tanta valentía y firmeza, y no sabemos apreciar ese cálido calor que nos brindan nuestros parientes más allegados. Parece mentira que caigamos en el fondo más ridículo de la condición más dulce de la niñez. Serán los años los que le juzguen, o simplemente las situaciones.

He dado con el mechero. La madre se ha perdido con su joven y desobediente vástago entre la congestión social. Enciendo lentamente el cigarrillo y aspiro una larga calada mientras el tabaco se prende. Retengo el humo durante unos segundos. Tiempo suficiente para que mis pulmones se empapen bien de nicotina y, cuando lo veo pertinente, le dejo escapar por mis orificios nasales. Entre la nebulosa, el aroma me transporta a aquellas locas e insustanciales noches, cuando perdía la conciencia a base de tragos de vino, cigarros y porros.

Dejo de lado esta abstracción temporal que me había embarcado en un paradigma de recuerdo, y vuelvo a mirar el reloj. Han colado los diez minutos. No llegas.

(…)

Un tímido aire mueve un papel. Fijo mi mirada. Veo como baila al son de la música, la música del viento. Me uno en la acogedora melodía y soplo al viento, como en aquella canción de Bob Dylan, Blowin in the wind. Quizás sea esa la melodía que mueve al papel o quizás sea una gran obra de Vivaldi o Bach. No lo sé. Lo único que tengo claro es que ese pequeño pliego a alcanzado una armonía insuperable, a la vez que ha conseguido un nivel de levitación que poco a poco lo aleja del suelo, ese mismo que nos ata y nos castiga según las leyes de Newton. El peso es igual a la masa por la gravedad. Que avenencia, que perfección. Es tan sencillo y a la vez tan complejo, que seguramente ese bailarín no se haya percatado que su danza no es más que producto de un principio físico.

De repente, una ventisca alborota la estación. Una nube de polvo ciega las miradas, tiñe el ambiente, ocupa el espacio, retuerce los rostros. Acto reflejo cierro los ojos y para cuando los abro, veo al papelillo volando desenfrenadamente. No tiene destino. No sabe dónde va. Ni lo que le deparará. Solo vuela, lejos de aquellos ritmos, cercano al frenesí social que aromatiza el cosmos.

Un desagradable e intenso pitido destroza mis oídos. Con el espectro sonoro estrangulado, me centro en el papel mientras presiono con fuerza mis manos. A la lejanía, aprecio la llegada de un tren. Con un ojo en la insurgente máquina, y otro en el ameno bailarín, dejo la mente en blanco a la vez que realizo una predicción dotada de una obviedad demasiado clara. El papelillo va directo a las vías y el tren al papelillo ¡No! Mal destino, como el de muchos. Siempre te topas con lo equivocado, con lo que te reniega al final. El papel se había dejado llevar por las circunstancias y no pensó en las consecuencias.

(…)

Creía que no era tu tren, pero mientras me hundía viendo perecer a ese bailarín de papel, me percaté de su llegada gracias a una masa de leds que conformaba un indicador electrónico ubicado en la frente de la ruidosa máquina. Veo bajar a la gente apresurada por las estrechas puertas, formado amalgamas humanas que a su vez mezclan olores y lenguajes. Tú no apareces.

Abrazos, besos, sonrisas, lágrimas, nostalgia, principios, emociones, decepciones, maletas, gritos, muchedumbre. En fin, encuentros, muchos encuentros, muchos menos uno. Quizás sean pocos si me remito a mí mismo, egoísta o simplemente afligido por la impaciencia de tu ausencia.

(…)

Tu tardía me está produciendo mal estar. El tedio me corroe, a la vez que la intranquilidad me tortura. No entiendo nada de lo que me rodea. Toda esa suma de emociones que ridiculizan mi estampa, son puñales clavados a golpe siniestro de relojes inertes, de corazones trucados, de mentes cognitivamente anuladas. ¿Por qué no te bajas de una vez?

Vuelvo a encenderme otro cigarrillo. Últimamente se ha convertido en mi analgésico ante las prolongadas jaquecas que me produce tu ausencia. Le doy una calada, aunque ahora desprecio con furia y presteza la nicotina. Es una calada intensa, pero rápida. Como tu añorada presencia. Siempre tan corta, siempre saturada de caritativas emociones.

(…)

Han pasado más de veinte minutos. Miro el reloj y me pierdo en su malévolo tic tac. Tú no estás por ningún lado. La orfandad que respira mis emociones me dislocan el corazón, mientras múltiples paradigmas, poblados de intranquilidad, me derrotan sin pudor, sin sentimientos. Un encargado de la estación, un tanto rudo y grosero, muy español, me anuncia que ya no quedan pasajeros. Otro día más. Tú no has llegado.

Quizás, sea que los trenes no pasan dos veces por la misma estación.

Volveré mañana para comprobarlo. Volveré…

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Acerca de elsillóndelvago

el sillon del vago
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Una respuesta a El silencio de los ruidos del corazón.

  1. Y algún día llegara.El mas bonito y sencillo a mi gusto.

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