Los pueblos.

Las cosas habían cambiado mucho. Atrás quedaban años de vacas gordas, pero cuando las vacas flacas llegan, llegan, principiando un nuevo por venir a los que las sufren.

Los dos pueblos habían creído aprender de lo que sus ancianos narraban en la piedra, sentados bajo la sombra del ardoroso verano. Las moscas revoloteaban entre discursos vetustos, que a muchos escuchadores, les eran indiferentes.

Pero las vacas flacas estaban ahí y los dos pueblos tuvieron que empezar a tomar decisiones antes de que la debacle les condujese a la ruina absoluta.

El pueblo de arriba era de tradición señoril, sus mandatarios de estirpe caciquil, muy ligados al negocio y a lo que el mercado representa, pronto decidieron hacerse con todas las propiedades públicas. El cambio fue un dinero que alivió la sed de las primeras resacas. Una vez finalizada esta parte, dieron el segundo paso subiendo los aranceles de sus exportaciones y bajando los impuestos de producción. Su alcalde, hombre apuesto y de perspicaz palabra,  se presentó ante su ciudadanía:

-señores, las cosas no van nada bien, si queremos llevar hacia delante nuestro pueblo, trabajemos más y cobremos menos, solo así nuestra producción podrá ser competente con la de otros pueblos. Todos trabajareis, pero escuchen, no penséis en las horas, ni en las condiciones, solo atiendan a su estómago y al crujir del pan en el fogón.

El pueblo de abajo había sido de otra corte, en épocas de vacas gordas tampoco fue destacado por su potencial, incluso los caciques se habían allanado.

Sus dirigentes, vieron peligrosa la coyuntura, principalmente por su regular pasado económico. Aún así y por una unanimidad, decidieron invertir en lo público. Aumentaron el número de trabajadores en el ayuntamiento, subvencionaron a las factorías con el objetivo de reducir la producción, disminuyeron  las horas de trabajo para que todos pudiesen estar empleados, y aumentaron los sueldos. Con una subida de impuestos, se consiguió sufragar la obra pública, obra que dio trabajo a muchos de sus ciudadanos, mejorando así la calidad de los trasportes, la sanidad, la educación, y en su conjunto, la de las vidas de todos.

Pasaron los años y las cosas siguieron por diferente rumbo. Muchos de los que se hacían llamar jefes vieron en el pueblo de arriba el futuro, y otros que solo buscaba la mejora social, aguantaron en el pueblo de abajo.

Un día, un caminante anónimo, escéptico y crítico con el pueblo de abajo, al que más de una vez le había llamado pueblo de vagos, paseó por ambas villas.

Al llegar al pueblo de arriba, sus ojos se detuvieron en la vía principal. Allí se mostraban grandes palacios, jardines privados con verjas de oro, carruajes ostentosos… Pero esto no era el tono del resto del pueblo, agonizante bajo viejas casas.

Un anciano de la villa, le informó que sus jefes produjeron y produjeron. Cuando se percataron de las bajas ventas en el pueblo, apoyándose en los bajos sueldos de sus empleados, empezaron a vender a otros pueblos, consiguiendo así su objetivo. Las riquezas llegaron para unos, mientras la gran mayoría explotada y sin dinero, trabajaba al dicho –esto es así y no se puede cambiar.

Horrorizado, el caminante anónimo fue al pueblo que tanto había calumniado. Allí no encontró muchas riquezas, pero tampoco pobrezas. Por su apariencia, las gentes mostraban un nivel adquisitivo homogéneo. Sus calles estaban limpias, tenían verdes parques públicos, nuevas y modernas vías de comunicación…

Asombrado, se paró ante un centro  de producción. Desinteresadamente, un anciano le relató lo acontecido.  El pueblo había decidido producir más a nivel domestico y exportar la parte igualable a sus importaciones. Todos cobraban lo mismo y todos trabajaban lo mismo. Nadie, ni siquiera el más avispado, podía destacar sobre el resto, una estable fuerza sindical se lo impediría.

El caminante anónimo se sentó bajo una encina. Tras horas de reflexión,  se acordó de aquella carta que un día envió a un viejo amigo atacando plenamente lo que acababa de contemplar.

Al crepúsculo, dejó el lugar. Mientras caminaba pensó: “Puede que no tuviese idea de nada y quizás el que decía gilipolleces era yo, incluso los que pensaba que no tenían la culpa, son los culpables de todo, malditos huevos que no sirvieron ni para una tortilla”

Al bufón rastrero bajo el seudónimo de anónimo.

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Acerca de elsillóndelvago

el sillon del vago
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6 respuestas a Los pueblos.

  1. pulgarcito dijo:

    Jode pero este mundo es así para que unos tengan mucho otros tienen que tener muy poco,aun así somos privilegiados de tener lo que tenemos, somos demasiado ambiciosos, ¿que pasa que esta todo el mundo de puente que no habla nadie?

  2. maracaibo86 dijo:

    es asì

  3. Noemi dijo:

    Obra maestra. Aunque discrepo en una cosa de tu “cuento”. La igualdad no se basa en que la acción sindical reprima al que sobresale. El que sobresale, lo debe hacer en beneficio de la comunidad. No por ello para su riqueza personal. Ese sería el ideal politológico…jeje…el trabajo por vocación, no por enriquecimiento. El trabajo en comunidad, no para el beneficio personal.

    • la fuerza sindical no oprime, reconduce al que busca el enriquecimiento individual, matizarlo en el texto podría ser redundante, no sé, movidas de mis neuronas.
      podría ser un tipo de dictadura, sí, pero es más dictadura aprovecharte de la ignorancia de los más débiles (yo me incluyo), y someterlos bajo el autoritarismo del metal y el papel manoseado.

  4. Noemi dijo:

    Pulgarcito….creo q te extrapolas del tema…

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