El bocado de Eva.

Vivir para trabajar es una cosa más de los muchos castigos infundidos bajo el bocado de Eva. El aroma de la manzana queda usurpado por la putrefacción corrosiva del olor a tabaco, cuando intentas comprender que parte simbólica puedes extraer a ese prefacio absurdo de la Biblia que justifica todo aquello por lo que nos mantenemos y somos explotados.

Pero aquella mañana no pensaba en nada de eso, todo lo contrario, la razón de mis caviles venía consumada por el azaroso destino de un constipado que me había privado de uno de los designios del pecado, recluyéndome a otro.

La televisión estaba bastante aburrida, aunque era lo normal, más de sesenta canales y ninguno mostraba nada en los horarios de Prime time, que se podía esperar de los horribles magazines dirigidos a un público que atiende distraídamente con fregona, trapo y cepillo en mano.

Por la noche había quedado con mi compañero de trabajo de los últimos diez años. Un buen amigo, un hombre bastante amable, categórico, servicial y disciplinado con su labor y sus amistades. Lo simpático de la tesitura,  era que solo hacía unos meses habíamos interiorizado en nuestras vidas privadas, y fruto de ese marujeísmo varonil añoso, me invitó a cenar a su casa con su mujer.  Pero lo jodido pasaba por mi ya mencionado deplorable estado, y en esas condiciones, y más que nada, después de no haber ido al trabajo, resultaría un poco ofensivo como empleado y cómplice profesional, acudir a la cita. Claro está, todo se podía reconsiderar, tenía la tarde para analizar cuantitativa y cualitativamente mis dolencias, y sopesar doctamente la decisión.

Mientras bebía un trago de leche caliente con un poco coñac, el timbre sonó. Me levante, abrí la puerta. Era una mujer rubia, no muy alta. Venía promocionando no se qué del gas. Al principio sopesé dejarla entrar, pero fue su atractivo físico y esa sequía de voces y olores femeninos que rondaban por mi vida, lo que me condujo sin más dilación a una pequeña demora en el personal y sufrido proceso de recuperación frente a la telebasura.

Todo empezó con unas ofertas, discursos vacíos que no conseguían conectar ninguna de mis neuronas, escuchando repetidas veces la subida de impuestos  del ejecutivo en función.

Rompí la monotonía ofreciéndola algo de beber. Ella se declinó por un  vaso de agua. Lo bebió y continuó con su profanación a la tranquilidad cognitiva de todo enfermo, cuando de repente, de forma involuntaria y atrapado por una expresión que rebosaba lascivas dosis de anacrónicos y lujuriosos pensamientos, me lancé a sus labios.

Al principio ella se mostró retraída, más que nada por la violencia del acto, pero por gracia o quizás desgracia, empecé a sentir como su mano coló por mi pantalón. El frío de su cuerpo se aunó al calor febril de mi piel, cuando en el sillón de forma arcaica, empezamos a hacer el amor. La televisión mostraba el mal quehacer de una cocinera que educaba mediterráneamente a toda la población inactiva que desperdiciaba el iracundo tiempo ante la pantalla.

No recuerdo bien ni las horas ni los minutos, solo el sudor, sus gemidos, la falta de pureza en el acto que, mientras se mezclaban todo tipo de fluidos, retraía mi mal estar a base de dosis de adrenalina generadas por mi organismo.

Cuando se fue, no me dijo nada, yo había caído en un sueño insondable. Al despertar sentí su ausencia y un olor que representaría su presencia hasta que la acción contaminante del insecticida envolviese el ambiente bajo la decoración intangible del aroma excéntrico de lo que representa ser el hogar.

Por la tarde me encontraba mejor. Llamé a mi compañero de trabajo y le dije que iría a su casa.

Me acicalé aderezando superficialmente mi deplorable aspecto de dejado y enfermo,  bajo una expresión soberbia y déspota, fruto de la arrogancia varonil de haber echado un polvo con una desconocida.  Pronto me presenté delante de su puerta.

Para cuando quise llamar, el armatoste de madera se abrió. Tras de éste estaba mi compañero de trabajo y a su lado… y a su lado estaba la tía con la que me lo había montado por la mañana. Posaba su mano izquierda sobre el hombro de un niño.

Mi compañero de trabajo educadamente me la presentó, era su mujer, se llamaba Ana.

Nunca más volví a trabajar en ese sitio, el azaroso destino de un constipado o simplemente el bocado de Eva, me habían hecho engordar la insufrible cola del paro. Mi compañero, era también mi jefe.

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el sillon del vago
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Una respuesta a El bocado de Eva.

  1. Noemi dijo:

    bueniiiiiiiiiiiiiiiiiiisimo!!!!!!!!!!

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