Yo te saludo María.

La tormenta absorbía la luz de la tarde, los vapores emergían de los alcantarillados, voces caústicas reverberaban en las angostas muchedumbres cargadas de maletas, saludos…, y yo y mi maleta de cartón repleta con todos los enseres para empezar una nueva vida, acabábamos de poner los pies en Atocha.

El estilo modernita de la estación, las nuevas chapuzas contemporáneas, los mendigos atizados por la madera, las primeras librerías… todos eran nuevos vislumbres, nuevas conjeturas, nuevos paradigmas inconexos que conectaban mis neuronas.

Me encendí un cigarro.

Caminé despacio absorto de cualquier destino, refugiado bajo la estirpe de llevar todo lo que en ese momento era en una caja de cartón. Cautivándome con cada paso, degustando cada olor pútrido, interiorizando una sola idea que aliena mis movimientos cuando mis pies transitan las tardes triviales de calles por conocer (la idea de lo desconocido).

Tenía que encontrar alojamiento, pero me paré ante un gran cartel de un viejo cine. Mis ojos procesaron el título de algo, que en el fondo no era más que por lo que había venido a esta ciudad.

Yo te saludo María, dirigida por J. L. Godard.

La Nouvelle Vague, la ruptura de Truffaut, Resnais, Godard en la Cahiers du cinemá con el modelo narrativo hegemónico nacido bajo el despotismo de Griffith. Recuerdo de una ola cinematográfica que burló la poética de Aristóteles y trajo grandes películas. Recuerdo de un planteamiento que simplemente me causó sensación y ganas de no volver a verlo tras “La última escapada”. Recuerdo de “Johnny Guitar” y percibir que algo estaba cambiando en el universo cinematográfico de los cincuenta. Cine de segunda generación joder, eso era todo.

La cola era absorbente mientras mi mechero quemaba otro cigarro, el modelo tradicional de taquilla era algo que denigraba la imagen de las salas de proyección. El cinematógrafo que entendió Godard era totalmente diferente a lo que presenciaban mis ojos, o eso pensaba.

En ese momento ella dejó ver su cara al ruido de un grupo de desquiciados retrógrados de la falange que protestaban por el ultraje consagrado en el film a la madre del redentor de los cristianos.

La injuria de esa jauría cautivó su visión, cuando el taquillero reclamó su presencia. Yo y mi maleta de cartón y mis ganas por conocerla, difuminaron la calumnia cultural de los que calumniaban por su oscurantismo.

No había dinero para la grosería perturbadora de las palomitas. Ella se acomodó dos filas por delante de la mía. En ese momento el proyector empezó a clavar imágenes en la pantalla, el sonido envolvió a todos los que allí empezamos a degustar la introducción realizada por la última puta de Godard.

El cuerpo púber de María desmigó lo poético de una expresión que se atragantaba con las bolas de maíz. El utópico ultraje solo era una demostración melódica a base de una construcción fotográfica esplendida de lo que había podido ser la incoherencia de María en estos tiempos. Sus ojos se clavaban en mi conciencia mientas el vello púbico de la actriz atomizaba su expresión.

Me levanté, cogí mi maleta de cartón y fui hacia ella. Me senté a su lado, no dije nada. Ella apartó sus ojos de la pantalla y me miró fijamente. Fruncí el ceño, simplemente fruncí el ceño.

En ese momento algo destrozó mis tímpanos, cargó el ambiente de humo, enervó la sala. El olor a muerte y a sangre se empezó a respirar mientras en la pantalla María lloraba.

Tendido en el suelo, cubierto de sangre y con los tímpanos reventados, volví a mirar al sitio donde estaba, pero por desgracia, había desaparecido.

Días después, cuando desperté entubado en una cama de hospital, los médicos me dijeron que la cinta, única en España, se había salvado. Pregunté por María, nadie sabía nada.

Cada tarde voy a ese cine, llevo casi veinte años y María no ha vuelto. Una tarde, el día de la presentación de mi primera película “Las falacias de la Virgen”, ella estaba en el mismo sitio donde la vi por última vez. Me saludó frunciendo el ceño. -Gracias por saludarme María- me dije.

Esta historia es una ucronía, simplemente sirve para plasmar el dolor causado por las amenazas sufridas antes de la proyección de la película de Godard “Yo te saludo María” a todos los enamorados del cine.

Gracias María por demostrar que la cultura nunca muere.

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