El llanto fingido.

Hacía tiempo que los momentos difíciles no aparecían en la familia. Bastantes años de la muerte de la madre, pero entonces la conmoción y el lapso familiar solo trajo las complicaciones de un luto riguroso y un extravagante día de rosarios, lágrimas y compañía bien avenida en ciertas presencias, y pasadera e inexplicable en otras muchas.

Pero aquel día algo distinto se había presentado, con la muerte del padre, ya no solo se lloraba o se intentaba llorar  a su ausencia, ahora había aparecido un nuevo inconveniente que años atrás se rumoreaba y se articulaba según los provechos y los cauces establecidos por los hijos bajo el consentimiento del padre. Aquella muerte mezcló los sollozos y las lágrimas, con la intranquilidad por la llegada del testamento que por decisión expresa del patriarca, había redactado ante notario bajo secreto.

La familia descansaba al lado del féretro. El cuerpo estaba perfectamente arreglado, había sido maquillado, se le había colocado el tradicional traje mortuorio y estaba repleto de flores. Nada hacía presagiar que unas horas antes, el anciano daba sus últimos coletazos desangrándose por una hemorragia al reventarle el intestino. La edad y sobre todo la vida dada al bar y otros vicios de la época, fueron los causantes de algo que se le repetía desde su mocedad:

– Gerardo, si no paras de beber morirás.

Algunos bromeaban entre tristezas que habían sido los malos quehaceres los que le habían conservado a modo de bálsamo hasta el trágico momento.

Los tres hijos estaban sentados alrededor del féretro, no le quitaban ojo. El mayor, Joaquín, no paraba de fumar, mientras que Julio y Emanuel, cavilaban bajo sollozos entre tragos de amargo café. El notario llegaría al día siguiente y uno de los trágicos veredictos se revelaría pronto.

Tras acabar su cigarro y engancharse igualmente al café, Joaquín, con una voz pausada dijo:

– pronto llegará el notario.

A los dos hermanos tal afirmación y, sobre todo, ante la trágica tesitura, les resultó un tanto salida de tono por lo Emanuel se pronunció alterado:

-Crees necesario recordar eso en esta situación.

-Era por sacar un tema- respondió Joaquín.

Julio no habló, se acabó el café, se levantó y se acercó al féretro.

-El hijo de puta se ha muerto, ya iba siendo hora.

-Por qué dices eso- dijo Emanuel.

-Nunca quiso saber nada de nosotros, solo le importaba las putas y pasarse la vida en el bar- se volvió a pronunciar Joaquín.

– Por lo menos espero que sea verdad eso que dijo de los 300.000 euros de cuando estuvo en Argentina- relató Julio mientras agarraba una flor.

La verdad es que Emanuel no le quiso mucho, siempre había sido un putero e incluso cuando eran pequeños pegaba a su difunta madre, pero ante todo era su padre y no se podía creer como sus hermanos solo se interesaban por la resolución que al alba traería el notario.

La noche pasó entre cigarros, café y el pésame de diferentes amigos y allegados que se acercaban al tanatorio. El minutero de la triste sala iba quemando las horas y ya las penas quedaban relajadas a la vez que la incertidumbre se apoderaba de los estómagos de los tres hermanos.

Cerca de las seis, recordaron lo pésima que había sido sus vidas junto a ese hombre y el famoso viaje a Argentina después de la guerra, donde su padre, tras vivir allí más de diez años, había hecho un destacado capital. Capital con el que por su holgazanería y su poco cariño a sus hijos, había mal resuelto la vida de los tres hasta la emancipación forzada de los mismos.

Pero las últimas palabras del padre dijeron que quedaban trescientos mil euros y que ese dinero lo había repartido no en partes iguales a los tres. Todos creían que Joaquín, el mayor, por eso del conservadurismo de su padre, sería el afortunado llevándose la mayor parte. Aunque las viejas, muchas de ellas putas que habían pasado por su cama, y que como familia habían visto crecer a los tres vástagos, solían repetir que la mayor parte de ese dinero sería para Emanuel, el pequeño y el más tierno, pero también el más necesitado, sufría una minusvalía física que los tribunales médicos no le reconocían y que le impedía casi totalmente el trabajo.

El alba llevó con un rocío suave, humedeciendo los rostros de los madrugadores que se acercaban más a conocer la sentencia de la tan resonada herencia, que a dar el aliento casi no necesitado a los descendientes.

Las cuentas y los números pasaban en la cabeza de Joaquín, Julio fantaseaba con una nueva casa y dejar el tan sufrido y morboso pueblo, mientras que Emanuel, enganchado a un libro de Borges, intentaba evadirse del cosquilleo estomacal que producía, más que la pérdida de su padre, la respuesta en su testamento. ¿Para quién habría desarrollado más el viejo borracho?

Un ruido limpio cortó los alientos cuando por la ventana se divisó un coche del cual bajó un señor de unos sesenta años con una gabardina y portando un maletín. Todos los allí presente se levantaron de la silla mientras los tres hermanos se acercaron a la puerta. El susodicho era el notario, había llegado el momento.

Se presentó cortésmente, sorprendiéndose quizás por tanto pasotismo hacia el fiambre y tanta efusión ante su patrimonio. Una mesa de recepción vacía resultó útil para la lectura del documento.  El notario, con voz bronca y seria, leyó el veredicto.

-Según el poder que se me otorga, don Gerardo Martín Díaz a fecha 4 de febrero de 2007 cede su posesión de capital en partes iguales – esta última palabra petrificó el ambiente, los tres recibirían la cuantía de forma ecuánime- dinero depositado en el Banco Hispanoamericano en Buenos Aires con la cuantía traducida a Euros de 300000 de los mismos. Después presentada esta parte,  se les hace legatarios de la herencia en la misma ciudad de la deuda de 400000 euros con Copsol, empresa en la que Gerardo Díaz Martín invirtió capital meses antes de la crisis de principios de siglo, el llamado corralito. Por lo que y según disposición expresa de este documento su herencia se corresponde a 100000 euros de deuda que tendrán que pagar en partes iguales como bien citaba ya en el reparto del presente documento. Solo necesito las firmas de los tres en… esta parte, en esta, en esta… ah, y en esta.

Todo el mundo se quedó reparado, Joaquín bajó la presencia altiva que llevaba mostrando, mientras Julio se echaba las manos a la cabeza. Emanuel, atónito, rompió en risas al mismo tiempo que se levantó de la silla, se dirigió al féretro, agarró el cadáver de la pechera y empezó a gritar:

-Y yo pidiendo respeto, pero que hijo de la gran puta has sido siempre.

Nadie lo sujeto, en teoría era el más cauto de los tres hermanos. El padre, les había vuelto a dar una lección de mal padre o hijo de puta, según se mire, hasta después de vivo.

La codicia de los campos
ve tras la muerte la herencia;
no goza de lo que tiene
por ansia de lo que espera.
Antonio Machado.
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Acerca de elsillóndelvago

el sillon del vago
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4 respuestas a El llanto fingido.

  1. Eres un puto genio!!!!!

    (siento la palabra malsonante pero es la frase que te define)

  2. Noemi dijo:

    Increíble

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