Merry Christmas happy.

Al lado de un regalo envuelto con papel de la última publicación semanal del periódico que compraban mis viejos, la vida perdió parte de su sentido cuando me di cuenta que los reyes eran mis padres (y creer que los negros desteñían), pero aún más cuando ya mayor, al lado de un árbol de navidad minusválido, con una iluminación furibunda, un vaso de cerveza y una gran cuenta por pagar, me acabé desengañando de todos los ideales infundidos bajo el hedonismo navideño en el momento que refuté por última vez la duda existencial que me acorralaba, sí, los camellos eran una panda de hijos de puta, solo eso, una panda de hijos de puta.

Aquella noche me encontraba frente al televisor atrapado en un aburrido debate sobre la legalización de las drogas que, como es normal, no conducía a ningún sitio, cuando no sé si por apetencia o por ganas de abandonar esa conjugación de incoherencias mal relacionadas, se me ocurrió ir a por un cartón de leche para mojar unas galletas, y ya de paso, comprar un paquete de tabaco en el bar de la esquina que aguantaba la insaciable presencia de alcohólicos aumentando sus cuentas con el dueño –déficit necesitado o simplemente odiado- me preguntaba regularmente. Todo eso serie mi regalo de reyes que no me traerían ni los reyes, y claro está, tampoco los camellos.

Me abrigué bien, la noche era fría, salí de casa. La calle estaba vacía, silenciosa, tétricamente iluminada por unas farolas detractoras de cualquier tipo de estampa navideña vendida por Hollywood o correlacionada al mismo imperio. Crucé la calle, cuando el semáforo se puso en verde, por eso de la conciencia y el comportamiento ciudadano a pesar de la no presencia de coches, crucé la calle. Pronto me planté en el veinticuatro horas.

Las puertas automáticas se abrieron, para el disfrute de la clientela y mi tortura personal que invaden mis tímpanos en estas fechas, el tradicional villancico me saludó ante la mirada desconfiada de un dependiente que no perdió el ojo a mis pasos.

Buscaba la leche, ese era mi primer objetivo, después compraría el paquete de tabaco y pronto me vería ante el televisor mojando unas galletas acorchadas y fumándome todos los cigarros posibles hasta que los pulmones me dijesen basta y el sueño me condenase a restar minutos de vida consciente.

La marcas a elegir eras varias, los precios fluctuaban conforme a su presencia publicitaria, pero yo ante mi condición de trabajador bailante a los designios del mercado, me tuve que decidir por la marca blanca que en conjunción al color de su producto, me haría el servicio. Miré al lado, pronto fantaseé ante la posibilidad de saborear un BIO, pero comprendí que tenía que comprar el paquete de tabaco, la necesidad se impone al deseo.

En ese momento escuche como las puertas se abrían y como una voz congelaba el ambiente. Los villancicos parecieron quedar parados. No entendí que ocurría, así que me oculté tras una balda y asomando tímidamente la cabeza vi como un señor de no mucha estatura, estaba plantado delante del dependiente, que ya me había apartado la mirada, con una navaja y una media en la cabeza. En ese momento me di cuenta que estaba presenciando un atraco.

Lo que para muchos podía parecer un acto de pánico, para mí se convirtió en una extracción  de adrenalina aderezada con los villancicos, conformando en mi organismo, un estado de desasosiego. Algo tenía que hacer. Pero en ese momento puse los pies nuevamente en el suelo y me di cuenta que cualquier acto sería un desacato contra mi propia clase, ¿qué me había dado a mí esa puta cadena 24 horas pera que la protegiese?

El tema empeoró cuando el dependiente, joven, ignorante y sobre todo absorbido por ese tramoyista espíritu de empresa, intentó hacer un acto a modo de superhéroe que mostró mi posición tras la amalgama de comestibles y productos para el disfrute. Cuando se disponía a sacar todo el dinero y entregárselo al atracador, empujó el mostrador y, éste, el atracador, calló contra el estante que a su vez en cadena golpeó a otro estante, tirándome al suelo.

En el momento en que me recompuse del impacto, el atracador estaba nuevamente levantado, pero ahora el que sostenía la navaja era el dependiente. Miré impávido sobre la mesa una cuantía de dinero que superaba cualquier esperanza de todo lo que podía llenar mis bolsillos en unos cuantos meses.

A mi lado, una colección de medias para viejas se había derramado.

Me planté una media en la cabeza, cogí un par de palos de cepillos y, sin pensarlo, me lié a palazos con el empleado. Cuando le hube reducido, cogí todo el dinero, levanté al atracador y salí arrastrándole hacia la calle.

Bajo el frío de la noche navideña, le di su parte correspondiente a la mitad, y él, un enjuto yonqui, me lo agradeció pronto.

Esa noche me presentó unos camellos de puta madre.  Acabé con el sol clavado en las retinas.

Al día siguiente cuando me desperté, empapado completamente en sudor, a eso de las cinco de la tarde, bajo un árbol de navidad, un regalo me esperaba. Después de tanto tiempo, los Reyes Magos se habían vuelto a acordar de mí, esperé que pronto lo hiciesen los camellos.

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el sillon del vago
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