Interdicta prohibita.

Eduardo Fernández era un hombre normal, un hombre de la calle, de esos que se levantan a las siete de la mañana para ir al trabajo y a las diez de la noche están en su casa junto a su mujer y sus hijos sentado ante una lata de cerveza viendo el partido de la Champion. Eduardo Fernández fue uno de los muchos españoles que vibró con el gol de Iniesta, va al Vicente Calderón siempre que la economía se lo permite y en las últimas elecciones votó en blanco. No se sentía identificado con ningún partido político, para él la ideología pasaba por el conformismo y sobre todo por la necesidad de que los suyos tuviesen cubiertas las espaldas. Eduardo Fernández era conserje en un instituto público y presumía ante sus amigos en el bar de Jacinto de haber dado una vez la mano al Rey.

De joven había desempeñado muchos oficios, fue zapatero, albañil, acomodador de cine, pero gracias a la vanidad intelectual que lo caracterizaba, no pudo ir a la escuela por la coyuntura familiar que atravesaba, consiguió acabar una oposición como ordenanza en el número uno. En los últimos años, gracias entre otras cosas a sus amistades, el instituto ya comentado se había convertido en la mejor forma de completar una jornada y llevar a los suyos el correspondiente dinero que necesitaban.

Eduardo Fernández era querido, su concepción categórica de articular su trabajo y sobre todo su hedonismo por servir al sector público, habían hecho de él la persona en que mejor confiar ante cualquier avatar improbable.

Aquella mañana Eduardo Fernández, fumador, la única acepción que se le podía presentar socialmente impresentable, se estaba tomando un café en una cafetería cercana al lugar donde trabajaba. Mientras removía el azúcar se quedó fijo en un cartel que prohibía el consumo de tabaco. Hacía unos años una ley antitabaco, había prohibido fumar en cualquier establecimiento público, pero él siempre tan sujeto a las norma, sintió como por dentro algo que le pedía a voces que se encendiese un cigarro.

Eduardo Fernández nunca había sido un hombre de saltarse las leyes, pero aquel día se sacó un cigarro de su bolsillo y lo encendió. Eduardo Fernández empezó a fumar mientras se tomaba el café.

Con su conciencia tranquila mientras degustaba el aroma de la nicotina en un lugar no apto para su deguste, a modo de la novela de 1984 de Orwell, un hombre cercano a su mesa se levantó y se lo comunicó al camarero. Éste, efusivo, como si de un asesinato se tratase, se presentó ante Eduardo Fernández que mientras soltaba el humo, tuvo que escuchar una reprimenda, y delante de todos los presentes, Eduardo Fernández, el hombre más categórico y que con mayor rigor cumplía las leyes, fue expulsado del establecimiento.

En la calle, sentado en un banco, vio como su acusador salía y arrojaba al suelo el envoltorio de un bollo que se había comido y se montaba en un Mercedes de gasolina. Eduardo Fernández puso atención a una conversación breve que tuvo antes de arrancar con la puerta del coche abierta. Era representante de Nike y hablaba de entregar unos pedidos de una marca que día a día explotaba a niños en países subdesarrollados y permitía su muerte sin ningún miramiento.

Eduardo Fernández siempre había sido un defensor del llamado estado del bien estar, pero aquella mañana sintió la necesidad de una vez por todas de intentar demostrar la hipocresía que rezumaba éste en toda su concepción. Las socialdemocracias europeas, aquellas en las que un día se sintió principal integrante, no eran más que el producto de un modelo reconducido a razón de intereses puramente económicos, y la ley antitabaco a pesar de parecer todo lo contrario, no era más que una muestra. Aquel gilipollas que lo había denunciado era un delincuente aceptado que osaba denunciar a aquellos que tan solo intentaban relajarse ante un café con un práctica que, dañina, sí, pero menos dañina que tantas que moral y legislativamente estaban aceptadas en sus días.

Cuando salió del trabajo, Eduardo Fernández se dirigió a su casa y se sentó delante de la pantalla de su ordenador. Su poca práctica y sobre todo, su carácter tan meticuloso lo llevaron a acostarse a las tres de la mañana redactando un correo electrónico que envió a todos sus allegados. En este pedía expresamente que se pasase.

Al día siguiente todos sus amigos y conocidos, dieron la espalda a Eduardo Fernández, nadie se podía creer que él, un hombre políticamente correcto, hubiese podido escupir tal conjugación de palabras hacia el estado que lo había visto nacer y crecer.

El día indicado en el escrito, un domingo, Eduardo Fernández se despertó temprano, se dio una ducha y se sentó a desayunar. A las ocho se dirigió al punto acordado. El metro estaba vacío, pero cuando llegó, se encontró con una sorpresa.

En la puerta del Ministerio de Sanidad, había un centenar de personas, todas preparadas para encenderse juntas un cigarro a la hora acordada, y así protestar por todas y tantas leyes, entre ellas la antitabaco, incoherentes que cada día restaban más libertades al hombre. Porque Eduardo Fernández como tantos otros se preguntaba cómo se ilegalizaban muchas prácticas y otra, la más dañina y devastadora como era la guerra, seguía subvencionada por tantos y tantos estados que actuaban como deleznablemente se conoce, políticamente correcto.

Cuando llegó a su casa, tras haber sido reducidos por la policía, y con su correspondiente hematoma de manos de esa panda de cazurros que nadie vigila, encendió la televisión y abrió una cerveza. Para su asombro, en muchos más puntos de la capital y en todo el país, a la misma hora, la gente se había encendido el cigarrillo que Eduardo Fernández pidió distendida y cordialmente en el escrito.

Quizás ese gesto sirviese para poco, pero menos hubiese sido nada, y de esa forma por lo menos, muchos de los que se hacen pasar como salvadores del ser humano, posiblemente hubiesen recapacitado ante el espejo social, que no son más que una panda de hipócritas, porque, y como bien expresó Eduardo Fernández en el escrito: si tanto les importa el ser humano, por qué sigue habiendo guerras, por qué se sigue contaminando, por qué se explotan a los niños, por qué hay gente parada, por qué la gente no tiene acceso a una vivienda, por qué cada vez los ricos son más ricos y los pobres son más pobres…

Aquella noche, Eduardo Fernández durmió tranquilo, por primera vez, y aunque no había seguido el guión de lo que presentaba ser su vida, se sentía totalmente satisfecho.

Anuncios

Acerca de elsillóndelvago

el sillon del vago
Esta entrada fue publicada en textos y etiquetada , , , , , . Guarda el enlace permanente.

Una respuesta a Interdicta prohibita.

  1. Noemi dijo:

    Relatos……pero con una carga crítica increíble….jejejeje….pero es muy bueno 😉

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s