El armario bendecido del verdugo de almas.

Suelo pasar horas ante todos los atajos y las hendiduras que se presentan sobre la tabla rasa de la supervivencia. Pero cuando me miraba ante el espejo de ese viejo baño esperaba la sentencia de un hecho que había despedazado mi vida.

El agua corría por la cerámica, mientras el minutero del reloj y atado por el cuello a la corbata de la responsabilidad, descontaba segundos. No me podía creer que después de tantos años, con una vida desestructurada y alejada de las cruces, pudiese haberme clavado ante ese rostro marchito. Su disidencia de la moral socrática solo había sido forzada por todos los del alzacuellos y sotana con aroma a paz.

Alguien tiró de la cadena en el mismo momento en que despegué los ojos del cristal y me encendí un cigarrillo. Metiéndose la camiseta entre los pantalones y yendo directo a desinfectar la mierda impregnada del agujero por donde sale la mierda, sin poderse limpiar la mierda que lo corrompe por el maldito salario que a todos nos hace mierda, el mismo hombre que defendía al hombre que años atrás me había jodido (literalmente)  la existencia,  me saludó, intentando acelerar ese tiempo que el minutero ya casi había olvidado.

Apagué el cigarrillo en el momento que se fue. No lo hice antes porque a pesar de que era hombre de leyes y yo estaba saltándome la ley, él solía vivir de la parte de las mismas que la sociedad y nuestro contexto cultural entendía como mierda legislativa; así pues, qué sentido hubiese tenido haberle tirando antes, si en el fondo lo que hacía era menos mierda que a lo que se dedicaba él.

Caminé por un pasillo silencioso observando los cuadros que colgaban de la pared mientras por mi pensamiento empezaron a pasar imágenes de cuando bajo la cruz, aquél hijo de puta me tocaba la polla y me mandaba que le lamiese la suya y me decía que rezase y leyese la Biblia y que le ayudase ante la penitencia del pueblo; y de aquel puto día, después de que me reventase el culo y yo pusiese el veneno de las ratas en su café para matar a la rata que estaba continuando la palabra de posiblemente el mayor pederasta encubierto de la historia; y de  aquél correccional que me metieron tras que le extirparan parte del intestino y siguiese abusando sin ningún control bajo el antifaz de hombre de fe; y de aquél tratamiento de litio que destrozó mi vida cuando un grandísimo hijo de puta de bata blanca me diagnosticó la condena de una falsa esquizofrenia que ató mis días a la sordidez y el abandono.

Llegué a la sala y me senté junto a las treinta y dos víctimas del mesías que destrozó la vida de tantos como tantos años tuvo su redentor. Le miré nuevamente al rostro, estaba tranquilo, sin ninguna preocupación, aguantando las arrugas y los pecados que cuatro palabras invocadas al vacío hueco del templo posiblemente hubiesen perdonado. Detrás de él estaban sus cómplices, ahora sus acusadores. Un grupo de alzacuellos y sotanas que hace unos meses, cuando el caso salió a la luz, intentaron comprar mi silencio con aquello material que tanto se aleja de lo que ansían en el reino de su dios. Un dinero mísero por firmar un parte voluntario y secreto para que el psiquiatra me declarara no acto y completamente desquiciado con el objeto de no atestiguar todo lo que me había pasado en las manos del mísero sayón.

Pero en ese momento qué sentido tenía el puto dinero, si mi vida estaba condenada a pasar los días atados a una dosis sublime de medicamentos que me anulan y me apartan de todo aquello que cualquier persona puede entender como vida.

El juez se sentó en el estrado, muchos de los que como yo esperaban, lo miraban fijamente sofocándose entre sollozos. Sus palabras fueron frías, pero la sentencia clara, no se veían pruebas concluyentes para acusar al sacerdote, por lo que quedaba absuelto de cualquier cargo que se le hubiese imputado.

Él agachó la cabeza, sus allegados empezaron a abrazarse mientras los treinta y tres rostros masacrados bajo la cicatriz de la deshonra nos quedamos con la mirada fija en la impotencia. Posiblemente muchos, como yo, con las neuronas adormecidas por el poder del litio, lloráramos por dentro a la vez que nuestro corazón hacía de vientre en todo los principios legislativos que asentaban nuestro estado, porque y a pesar de creer todo lo contrario, el dogma se había vuelto a imponer al modelo constitucional que nos organiza y nos somete según su apetencias, en sociedad.

A la salida algunos se felicitaban mientras las sotanas se acercaban a nosotros reconociéndonos bajo la plegaria y el rezo la entereza que nos haría falta para superar un daño que había sido olvidado de por vida. Sus hipócritas soflamas me cansaron, por lo que me dirigí al asesino de treinta y tres cuerpos en vida, y aunque un grupo de personas me lo impidió, solo le hice una pregunta bajo aquel cielo gris de aquel gris día para tantos a tantos que como nosotros habían sido enterrados en vida por la pederastia encubierta de la iglesia:

-¿Usted irá al cielo de su Dios, o al infierno?

Él no me respondió, quizás de momento, los únicos que estábamos en el infierno éramos nosotros, ardiendo entre las llamas de la resinación que provoca el no poder hacer nada, cuando te han destrozado la maldita y verdadera existencia.

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el sillon del vago
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