Números rojos.

Acababa de salir la camioneta con los últimos muebles de la casa. En el patio el nogal perdía las hojas mientras una fina brisa agitaba el pelo de Philip. Sus ojos estaban clavados en cada uno de los rincones de la casa donde, años atrás, después de entrar en una fábrica de recambios automovilísticos, había decidido empezar una vida junto a la que hacía poco tiempo se había convertido en su mujer, Clara.

Allí vio crecer a sus hijos, Luis y Michael, y allí igualmente consiguió el único sentido que la cultura occidental y el capitalismo dieron a la vida para consumir sin resignación, la familia. El núcleo que en breves abandonaría, un día fue lo que unos años atrás empezó a dejar de ser.

Philip caminó hacía el jardín. Sus zapatos iban aplastando la hierba humedecida por la niebla que había cubierto el lugar en las primeras horas de la mañana. Cada paso era un recuerdo, pero él no quería ponerse melancólico.

Llegó la habitación que tenía en la parte de atrás del jardín. En ese mismo lugar solía juntarse con sus amigos hasta altas horas de la mañana, mientras corrían las botellas de güisqui y las cartas iban pelando los bolsillos de los más ebrios. Recordó aquella época, cuando su mujer se lo prohibió, el estado de su corazón no era muy bueno, por lo que cambió esos hábitos por la lectura.

Cuando entró vio la estantería vacía. No quedaba ninguno de los libros que durante años le engancharon convirtiéndose en el mejor antídoto ante la desidia. Posó sus manos por las baldas, todavía podía oler ese aroma a cola y cartón. Se sentó en una vieja silla, uno de los pocos muebles que habían quedado en la casa. Se encendió un cigarrillo. Hacía años que no fumaba, pero las circunstancias lo devolvieron a uno de sus antiguos vicios. En ese momento una voz lo reclamó.

Cuando salió fuera, con el cigarro medio escondido, temía por su mujer, uno de los empleados de la mudanza estaba en la puerta de la cocina que da al patio.

-Hemos acabado todo, le he dejado la factura de la mudanza encima de la puerta de la entrada- le dijo el empleado.

-Gracias- respondió Philip, mientras le despedía con la mano y éste abandonaba el lugar.

Al día siguiente tenía que entregar las llaves de lo que había sido su residencia, por lo que y por evitar más penas, decidió abandonarla.

Arrancó su viejo Ford. Decidió visitar por última vez, ya que se había prometido no volver por la zona, el bar de su amigo Tony. Por la hora, no estaría, pero sería una oportunidad perfecta para beberse un güisqui después de tantos años.

La camarera lo saludó, llevaba meses sin pisar por allí.

Mientras el amargo líquido bajaba por su garganta, miles de recuerdos empezaron a pasarle nuevamente por la cabeza, de repente, se detuvo en uno. Era el de aquel maldito día que tras haber hablado con un viejo amigo,  decidió comprar un chalet a las afueras de la ciudad. Según las previsiones, en unos años lo podría vender fácilmente a un precio más elevado, la coyuntura económica era favorable para todos. Entonces los números pasaron por su cabeza y no pensó en nada que no fuese el beneficio.

Se acabó el güisqui y pidió otro. La camarera lo observó un tanto extrañada.

El chalet era amplio, estaba recién construido en una zona residencial totalmente nueva, las comunicaciones eran buenas, todo era perfecto.  Tras unas semanas de negociación y tras dar la entrada, se lo comentó a su mujer. La cuantía era muy alta, pero reproduciendo las palabras de su amigo, pronto recuperarían el dinero, incluso ganaría entre ocho y diez millones de las antiguas pesetas.

Su mujer no lo veía. Al principio todo fueron regaños, aunque pronto empezaron a hablar de la utilidad que traería ese dinero para sacar adelante muchos huecos que impedían el normal funcionamiento de la economía doméstica.

Cuando todo iba sobre ruedas, algo cambió, algo que además destapó la parte del trato que ocultó a su mujer, el aval económico que cubriría un posible impago, su propia casa.

Philip se encendió un cigarro y pidió algo de comer. Después echó dinero a una máquina tragaperras. Quizás no le acompañase mucho la suerte, pero aquella práctica sería una forma de distracción.

La camarera lo avisó de que la comida estaba lista. Terminó la partida y empezó a masticar un bocadillo de calamares mezclándolo con los últimos tragos del segundo güisqui. Se quitó un poco de pan que tenía entre los dientes y pidió más de beber.

Cuando terminó el bocadillo, volvió a encenderse otro cigarro. La televisión mostraba un documental sobre la reproducción del león, un acto que le había hecho reír mucho.

Aquella crisis económica lo había arruinado, aquella crisis económica había destrozado su vida, se repetía una y otra vez. No podía creer que la empresa donde llevaba trabajando más de veinte años lo hubiese echado a la calle. No podía creer que aquel sueño de sacar rentabilidad a ese chalet se hubiese truncado. No podía creer que por su bajo salario de parado no pudiese afrontar el crédito, y por culpa del maldito aval, no solo se hubiese quedado sin el chalet, sino también sin su propia casa. Estaba completamente arruinado, y aquella noche, sería la primera que pasaría en un hostal, junto a su mujer y sus dos hijos, hasta que encontrase un piso de alquiler barato que su dueño se lo quisiese alquilar estando en el paro.

Philip terminó el tercer vaso de güisqui. Le sonó el móvil, era su suegra. Seguramente que volvería a pedirle que fueran a dormir a su casa, pero él se negaba. Ella era muy anciana, el piso muy pequeño y el acto sería lo más mísero que se le pudiese pasar por la cabeza. Volver a la casa de su hija podría parecer como entregar a la muchacha que un día se llevó, por haber sido incapaz de cuidarla.

Pagó todo. Montó nuevamente en su viejo Ford y se dirigió al lugar donde iba cuando los problemas le desbordaban, la tumba de sus padres.

Aquel día no llevó flores. Solo se sentó y no dejó de llorar hasta que su mujer llamó. Acababa de encontrar hostal para pasar la noche, no era muy bueno, pero ante todo, era barato.

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Acerca de elsillóndelvago

el sillon del vago
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Una respuesta a Números rojos.

  1. Noemi dijo:

    Buenisiiiiisiiiimo

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