El realismo-surrealista.

Para qué le voy a pedir a mi vida una respuesta, si la única pregunta que me planteo es el porqué de su decisión. De qué sirve quedarme muchos días parado ante el calendario mirando esa fecha, cuando sus últimas palabras se mezclaron con un amargo café.  Puede que todo quedase en aquél café, o bajo la lluvia que regaba las calles, o en el ruido que torturaba nuestros oídos. Verdaderamente nunca entenderé cómo y cuándo planteó la única decisión importante que cualquier ser humano puede plantear en su vida.

Rondaría los diecinueve cuando le vi por primera vez. Estaba sentado en una parada de autobús. Yo no llevaba más de cuatro meses en Madrid. Me encontraba parado, deambulando por las calles, durmiendo en casas ocupas, engañando al sueño con cocaína, perdiéndome en los bares con el poco dinero que sacaba vendiendo mis cuadros, acostándome en camas equivocadas, y en ese momento, me quedé clavado en un dibujo que un tipo, él, hacía sobre un trozo de papel. No recuerdo bien lo que intentaba representar, solo recuerdo que me acerqué, le dije qué hacía, y él, agachando la mirada, me respondió que buscaba piso.

No hubo tiempo para más palabras, aquella noche acabamos en la cama de un viejo hostal en el barrio de Vallecas. Todavía puedo recordar ese olor a butano y a humedad que se metía por mis fosas nasales mientras eyaculaba en su cara. Por la mañana le hablé de mis planes de futuro, de lo que era el arte como arte. Él no paraba de reírse, no entendía nada de nada. Solo me dibujó, dejó retratado en una servilleta mi rostro, el reflejo de lo que era entonces.

Cambiamos por botellas y pinceles todo el dinero que había traído. Dibujamos el Madrid que de forma dispar entendíamos, él era realista, yo surrealista. Siempre me repetía que el surrealismo es para los malos dibujantes, los que creen ser pintores pero no saben pintar.

Pasaban los años mientras las esquinas nos daban cobijo. El frío y el calor de Madrid se colaban por nuestros huesos, las drogas alimentaban nuestras ansias de crecer, el olor a contenedor perfumaba nuestros días. No hubo razón de ser ni de pensar, todo era vivir, y la vida empapaba cada rincón de nuestras entrañas. La alienación consumista y el dogma que nos educó, se perdió por la taza del váter junto a la mierda que adoctrinó la razón de ser de la vida bajo la estirpe rojigualda. Para qué servía cualquier ideal, cualquier modelo de adoctrinamiento social, si la calle y el arte hacían de nosotros algo efímero. Para qué perder el tiempo y el dinero mamando de la teta académica conceptos que no utilizaríamos para nada. Solo queríamos cagarnos todo, solo queríamos que por nuestras venas corriese ese nihilismo que tanto ansiábamos, y los conseguimos, y lo conseguimos a base de masturbarnos con el pincel sobre el lienzo, desviándonos hacia espacios paralelos sobre un cristal desquebrajado. Quemamos a Dios y con sus cenizas sobre papel de aluminio, calentamos el pasaporte a la dimensión apartada de toda dimensión que la dictadura fascista nos brindaba.

Pero todo cambió cuando apareció ella. Teníamos entonces veintiocho años, éramos yonquis, artistas, y estábamos en un centro de desintoxicación redimiendo nuestros pecados con la droga para poder continuar el único sentido de nuestros días, el realismo-surrealista, nuestra obra, nuestra razón de ser, de pensar y de vivir.

Ella se llamaba Daniela, era asistente social y charlaba con nosotros tardes enteras. No recuerdo bien cómo surgió el amor, ya que el mono tenía en huelga a mis neuronas, solo recuerdo que un día, cuando estaba lejos de aquel horrible sitio, me encontré delante de un altar, dando un sí quiero mientras él, con una cogorza de cerveza, metía mano al prima hermana de Daniela, virgen a los cuarenta.

Nuestras vidas empezaron a cambiar, yo comencé trabajando de jardinero, y él, él siguió intentando vivir de las calles.

Todos los días solíamos quedar por las tardes en un viejo local ocupado para continuar nuestra obra. Todas los días, hasta que Esteban, mi primer hijo, nació. Le dije que pospondríamos la obra hasta que Daniela estuviese recuperada del parto. Fue en aquél bar, en aquella tarde lluviosa de sábado.

El lunes recibí la noticia, se había quitado la vida. Dejó una nota:

Hace unos meses pusiste fin a la obra, nada ya tiene sentido.

Mi hijo es profesor de historia del arte en la Universidad Complutense. Cada curso les habla a sus alumnos de realismo-surrealista ilustrado en todas las esquinas de Madrid.

 

A todos los artistas que cultivan el arte de vivir.

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Acerca de elsillóndelvago

el sillon del vago
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