Y volverás a decir -no pasa nada.

Nora había llegado a las cuatro menos cuarto de la madrugada a la comisaría de policía. Tenía fuertes hematomas debajo del ojo izquierdo.

-Necesito poner una denuncia- le dijo a un policía de turno que sostenía un café de máquina mientras tecleaba algo en el ordenador.

-Debe esperar su turno, siéntese en esa sala y deje el DNI- le respondió el policía.

-He dicho que necesito poner una denuncia y lo necesito ahora mismo.

– Y yo le he dicho que se espere ahí, hay gente por delante de usted.

Nora dejó el DNI sobre la mesa y fue a la sala contigua a la recepción. Una luz blanca iluminaba el ambiente, cuatro personas, tres hombres y una mujer, se susurraban cosas al oído. Nora se sentó en una esquina, sacó de su bolso un pañuelo y se sonó los mocos.

Poco después el policía de turno se acercó a la sala y pronunció el nombre de Nora. Ésta se levantó, pensaba que ya la tocaba. La petición fue para devolverla el DNI. Cuando regresó a su sitio miró el reloj que había colgado en una de las paredes de la sala, marcaba las cuatro y cuarto.

Nora siempre había estado bajo el yugo paternal, en él había crecido y en él había aprendido a ser sumisa al hombre. Cuando cumplió los quince años, empezó a salir con sus amigas del pueblo. Solía ir a misa, paseaba por el campo, hablaba de cosas de mujeres…

Unas fiestas, Tony, el hijo del señor Dueñas, el terrateniente de la zona, intentó ligar con ella. Entonces tenía dieciocho años, y Tony, niño criado en la capital e ingeniero de montes, era la envidia de cualquier mujercita que empezaba a plantarse crear un nuevo hogar.

Al principio Nora tuvo ciertas dudas, debido a su casta, temía que fuese rechazada por la familia Dueñas, pero pronto acabó en las manos de aquel joven muchacho y marchó a la capital dejando atrás el pueblo.

A los tres años de casarse tuvieron el primer hijo y dos años después el segundo. Gracias al sueldo del marido, Nora no trabajaba, pasando la mayor parte del tiempo al cuidado de los niños y divirtiéndose por la capital.

Pero las cosas cambiaron aquél invierno cuando Tony, una noche de un martes, llegó pasadas las tres de la madrugada. Entonces se puso furioso, quería saber el qué había estado haciendo con su amigo Ralph, últimamente solo salía con él. Nora no entendía el porqué del enfado, Ralph había sido su apoyo desde que llegó a la ciudad, le había enseñado muchas rincones, además, Ralph era homosexual, por lo que no tenía ningún pretexto para argumentar lo que estaba argumentando. Tony hizo oídos sordos a todas las palabras de Nora y empezó a pegarla hasta que Sergio, su hijo pequeño, se despertó.

A partir de esa noche nada fue igual, semana tras semana Tony venía a altas horas y dudaba de todo hombre que se acercaba a su mujer. Incluso la prohibió acercase a Ralph. Siempre que encontraba algún indicio de compañía sospechosa como él mismo la decía, todo acababa en una fuerte paliza.

Una de esas noches, Tony calló dormido en el sillón. Nora se despertó para arroparlo y, mientras doblaba su chaqueta, encontró en el bolsillo un gramo de cocaína. Al día siguiente Nora comentó a Tony el hallazgo. Sin mediar palabra, Tony cogió la sartén donde Nora preparaba la comida y se la arrojó sobre la cara.

-Así no habrá problemas con los hombres- le dijo Tony.

Rápidamente acudieron al hospital. Nora no argumentó las causas y, días después, decidió no denunciarle. Tony prometió que dejaría las drogas, según él, eran las únicas causantes de todo lo que había sucedido.

Las quemaduras fueron bastante graves, Nora estuvo más de tres semanas ingresada. Cuando regresó a su casa, ya no era la mujer de la cual un día se prendió Tony. Tenía la cara y el pecho completamente abrasados.

Al tiempo Nora volvió a hacer vida. Volvió a salir con Ralph, volvió a pasar las tardes enteras de compras…

Aunque Nora sospechaba algo, una tarde mientras metía a lavar la chaqueta de Tony en la lavadora, descubrió en un bolsillo un número de teléfono, debajo ponía el nombre de una mujer. Nora lo guardó y dos días después encontró a Tony desesperado buscándolo, no le dijo nada, él no paraba de repetir que había perdido unos documentos del trabajo.

Las heridas de la quemadura mejoraron y Nora empezó a salir por las noches con Ralph a sitios de ambiente los días que Tony estaba de viaje de negocios. Una de esas noches, tras que Ralph la dejara en su puerta, Nora entró a la casa. Al principio se asustó, todas las luces estaban encendidas. Cuando entró al salón, se encontró a su marido en el sillón con una mujer. Sobre la mesa había dos rayas de cocaína y una botella de ginebra por la mitad.

Rápido Nora se dio la vuelta, y Tony, asustado, se levantó del sillón y fue corriendo hacia ella. Sin mencionar una sola palabra, éste la golpeó con el puño en la cabeza. Nora fue fuerte, como pudo llegó la puerta y abandonó la casa.

En la calle tenía la duda de si llamar a Ralph, quería contarle todo. Pero por no dar más problemas, decidió coger un taxi e ir sola a la comisaría.

Y allí se encontraba, con un golpe, esperando que el policía de turno la  permitiese el paso para poner la denuncia que tenía que haber puesto hace mucho tiempo.

Mientras miraba al reloj,  sonó el móvil, era Tony. Nora no sabía qué hacer, había decidido no cogérselo.

-¿Qué quieres?- respondió Nora.

– ¿Dónde estás?-preguntó Tony.

-Voy a denunciarte hijo de puta, no aguanto más.

-Por favor escúchame.

-No quiero escuchar más mentiras, no te pareció poco echarme aceite hirviendo en la cara… eh cabrón.

– Por favor Nora cariño, sabes que te quiero, las culpables de aquello fueron las drogas, no volvería a hacerte daño, te he dejado todo este tiempo que hicieses lo que te apeteciese, creo que te he dado lo mejor- Nora sacó el número de teléfono que encontró en su chaqueta para recriminárselo- no estaba haciendo nada con esa chica, es una compañera de trabajo, anda enganchada, simplemente la estaba consolando, se acaba de dejar con su novio.

-Y te la tiras para consolarla.

-No me la he tirado ni lo iba a hacer. Simplemente fue un mal entendido,  tú saliste corriendo, intenté pararte, te di sin querer.

Una lágrima calló por la mejilla de Nora derramándose por el papel del número de teléfono.

-¿Dónde estás? iré a por ti.

Nora volvió a mirar el papel y tartamudeando empezó a decir:

-623

-¿Qué dices cariño?

– En la comisaría de Peláez, estoy en la comisaría de Peláez.

-Enseguida estoy allí, no te muevas.

Nora colgó el teléfono, se levantó de su sitio y fue a recepción. El policía de turno se acercó a su puesto.

-Espérese señora, enseguida la atendemos.

-Al final no habíamos perdido el bolso, lo siento.

-No pasa nada, buenas noches.

-Buenas noches.

Nora se limpió las lágrimas de la mejilla. Antes de salir, tiró el número de teléfono a la papelera.

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Acerca de elsillóndelvago

el sillon del vago
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2 respuestas a Y volverás a decir -no pasa nada.

  1. cristinuxi dijo:

    maravilloso! Aunque aun no me acostumbro a que no hayan finales felices o de que tengan que dejar secuelas…
    Felicidades.

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