Aquella ciudad.

La habitación era pequeña y en las calles el trasiego de la muchedumbre dificultaba el sueño. Will tenía un cerco de sudor alrededor de la camisa. En el techo un ventilador removía el poco aire que, mezclado con olores cargados a sudor, contenía la habitación. Se levantó y encendió la televisión, todavía quedaban más de cuatro horas para el desayuno. Cambió de canal, todos en árabe y francés, dos idiomas que por desgracia Will no controlaba. Llamó a la recepción del hotel. Saldría a dar una vuelta, necesitaba información acerca de los lugares de copas de la ciudad, Tánger era un paraíso que no dormía por la noche.

En información le dieron un listado con al menos cinco establecimientos, pero todos para turistas. Él no quería eso, el objetivo de su viaje, a parte de los negocios, había sido saborear la verdadera esencia de la que para Will, era la ciudad con más personalidad y exótica del Mediterráneo (a pesar de su desgraciada europeización). En recepción consiguió dos direcciones. Le exigieron ante todo cuidado, la noche en Tánger era bastante dura a pesar de las aglomeraciones de transeúntes que salían a llenar sus despensas.

Cogió uno de los pocos taxis que circulaban. Pidió al taxista que le llevase a la zona alta de la ciudad.

El taxista se despidió amablemente. El dominio de su castellano era bastante bueno. Le deseó suerte y buena estancia en los días que pasase según él, en la mejor ciudad del Mediterráneo. Will lo recompensó con una propina, al sonreír, se fijó que no guardaba ninguna pieza sana de su dentadura.

Mientras caminaba, sus fosas nasales se empaparon de un olor a costa, el lugar era un autentico paraíso, todo estaba en su sitio, en su posición, la diferencia con el otro lado del estrecho parecía abismal, mientras que nosotros estamos condicionados por el tiempo ellos condicionan al tiempo, y esto se notaba cuando intentas articular cualquier acción sin someterte al irreverente trasiego del segundero en tu reloj. Entró al local.

La luz era muy baja, había un dominio de tonos rojos y un olor característico a especie que calaba toda la ciudad. La música se mezclaba con el vocerío. En las mesas las gentes comían, fumaban y bebían mientras un par de mujeres bailaban en una especie de pódium situado en un extremo de la sala. Con el sonido de la puerta al cerrarse, todo se detuvo, pero una vez que Will llegó a la barra, el murmullo volvió. Una camarera le sirvió una ginebra. No era muy común encontrar alcohol en los bares de la ciudad, pero en una casa de putas, donde se encontraba, el vicio estaba servido mediante unos pocos sobornos al policía jefe de turno.

Will se sentó en una esquina. Observó todo mientras fumaba un cigarro. En ese momento una chica que no tenía que tener más de veinte años se sentó en la mesa de Will. Dominaba perfectamente el castellano, su nombre era Atia.

-¿Me invitas a uno?- le preguntó.

-Un cigarro- Respondió sorprendido Will.

-Sí.

-Sin ningún problema.

-¿Español?

-Sí

-¿Tiene dinero?

Will sabía lo que se proponía aquella joven. Era bastante desagradable para que ese bombón se hubiese sentado a su lado. En aquél momento reflexionó, llevaba ya varios meses sin tener relaciones sexuales, no solía ir de putas, y bueno, dinero tenía más que suficiente.

-Me alojo en el Hotel Real, podemos coger un taxi e ir allí.

El recepcionista no se sorprendió cuando vio aparecer a Will con la chica. Solo mostró una sonrisa en el momento que entregó la llave.

Nada más entrar Atia se encendió un cigarro. Se sentó en una silla creando un claro oscuro. Will la empezó a besar. Pronto estaban desnudos en la cama. Su piel era sube, morena…

Will despertó pasadas las dos de la tarde. En esas se dio la vuelta, Atia había desaparecido, aparte de todo su dinero. Bajó alterado a recepción. La única respuesta que encontró fue la hora de su partida. La desesperación era máxima, se había quedado tirado, sin dinero y pronto se percató que también sin ningún tipo de documentación. En la comisaría más cercana no encontró solución alguna. Salió abatido, aquello se estaba convirtiendo en una pesadilla. Caminó durante horas por la ciudad. Terminó en la embajada. Allí le pidieron calma, lo que había sucedido, solía pasar muy a menudo. En breves le facilitarían documentación provisional, así como el dinero que él solicitase.

A la caída de la tarde con todo arreglado paseó por la playa. Estaba cansado, el día había sido bastante duro. El sol se fue y Will subió a la zona alta de la ciudad. Fue al establecimiento, sobornó al jefe para que le diese la dirección de Atia, vivía al otro lado. Un taxi lo dejó cercano al lugar. Paseó sin ninguna esperanza de encontrarla.

-¿Qué cojones haces aquí?- le preguntó Atia.

Will se sorprendió que se hubiese acercado a él sin ningún miedo tras el robo.

-¿Por qué me robaste?

Atia agachó la cabeza. En ese momento se acercó una mujer de unos treinta años y empezó a regañarla en su lengua. Parecía que estaba muy enfadada porque Will hablase con ella.

-¿Qué dice?

-Nada que te importe.

La mujer se marchó y volvió a la pregunta.

-¿Por qué me robaste?

-Will márchate.

-Qué, me vais a dar de ostias.

Mientras Atia intentaba escabullirse de la reprimenda, salió un hombre de la casa por donde se había perdido la mujer. Dominaba perfectamente el castellano.

-¿Qué quieres con mi hija?

– Que me devuelva el dinero que anoche me robó.

Atia se quedó reparada. El padre la preguntó algo en marroquí.

-Dice que no la robó ningún dinero, márchese, ella solo tiene quince años, no le da vergüenza.

Ante esas palabras Will comprendió que lo que mejor podía hacer era dejar el lugar. Bajó por una vieja calleja árabe, cogió un taxi.

En el hotel charló bebiendo una cerveza hasta altas horas con un camarero.  Era bastante amable, se llamaba Reduan.

-La mayor parte de las prostitutas son menores de edad, al parecer están obligas por sus padres para que se prostituyan y lleven algo de dinero a casa… las situaciones son tan extremas en algunos casos, que las familias suelen ceder a éstas prácticas, esto no es Europa amigo, aunque estemos a menos de quince kilómetros

Will dejó la ciudad dos días después.

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