Derecho a Madrid.

-Señor Petcher, señor Petcher- el señor Petcher se estaba masturbando con una revista porno colocada sobre la mesa de su despacho- perdone…-exclamó el secretario avergonzado.

-¿Por qué no llama antes de entrar? se lo tengo dicho- apuntó el señor Petcher a su secretario mientras se colocaba los pantalones.

-Es urgente, hay un hombre bastante rudo y con muy mala ostia en la puerta, dice que viene a reclamar los derechos de autor de las pinturas de las Cuevas de Altamira.

-¿Y para esa gilipollez me molesta?

– Está muy cabreado, lleva un garrote en la mano y…

-Pues llame a la policía cojones…

Al señor Petcher no le dio tiempo a acabar la frase cuando Jacinto, el susodicho de los derechos, se introdujo en la sala empujando al secretario. El señor Petcher se levantó del sillón y alzando la voz preguntó:

-¿Quién cojones es usted?

Jacinto caminó hacia la mesa. El secretario intentó sujetarlo, pero éste, le amenazó sacándole los dientes.

-Buenos días, soy Jacinto Bienaventura.

-¿Tiene cita?- preguntó enfadado el señor Petcher.

-Ah, que hace falta cita, pues mire usted, es que vengo desde Santander, ya comprenderá el tiempo que lleva el viaje, y claro… el dinero, por lo que no me ha dado tiempo a pedir ninguna de esas citas.

El señor Petcher se sentó mientras indicaba a su secretario con la mano derecha que se marchase y cerrase la puerta.

-¿Y qué quiere?

– ¿Esto es la SGAE?

-Sí.

Jacinto agarró la silla y se sentó.

-Pues mire usted, venía por unos derechos de esos que ahora están tan de moda.

El señor Pectcher sacó unos documentos de un cajón. Después se encendió un cigarro.

-¿Por qué no ha ido a la sede en Santander?

– Bueno, esos son todos unos farsantes, no me han hecho caso, y claro, como no me hacían caso y está aquí el Ramoncín ese, pues nada, me dije, ale, pa Madrid.

-Pa Madrid, Ramoncín- el señor Petcher se preguntaba entre dientes- ¿Qué quiere exactamente?

Jacinto se quedó parado mirando fijamente al vacío. Después extrajo una carpeta que guardaba en su zurrón y la colocó sobre la mesa. Empezó a buscar entre los papeles que ésta contenía, hasta dar con la foto de una de las pinturas de las Cuevas del Altamira.

-¿Ve esto?, pues lo hicieron mis ancestros.

-Sí, y los míos, no te jode- respondió el señor Petcher un tanto salido de tono.

– ¿Es de Santander?

-No caballero.

-…bueno, se lo explico.

El señor Petcher no se podía creer lo que estaba escuchando. Durante los años que llevaba como asesor jurídico en la SGAE, había visto infinidad de casos: cantantes fracasados, mendigos reclamando la autoría de una idea televisiva…; pero a decir verdad, ninguno como aquél. Parecía como si esa historia estuviese sacada de una película de Berlanga, por lo que con una postura un tanto cáustica, empezó a escuchar las palabras de aquél pobre pastor de montaña que había hecho a su juicio, un viaje sin ningún tipo de sentido.

-Últimamente, vamos, usted lo sabrá mejor que trabaja en esto, como que todo el mundo se anda pegando por eso de los derechos, por las máquinas esas, el inter…

-Internet

-Eso, pues nada, que claro, yo llevo toda la vida allí donde las pinturas, en las cuevas esas, ovejas parriba ovejas pabajo, bueno, la cosa es que siempre está lleno de gente, y allí todo el mundo paga. Así que un día me dio por preguntar que quién se llevaba todo el dinero, y mira por donde que me dicen que el estao. Y verá usted, que si impuestos por aquí, que si impuestos por allá.

-Vaya al grano por favor.

-Pues yo tenía entendido a mi padre que los que pintaron las cuevas eran familia nuestra. Así que claro, pues joder, que si la china esa del Beatle ese está forrá por los derechos, que si la familia de ese que era negro y luego fue blanco igual…

-Espere, espere, espere, así que es verdad que reclama los  derechos por las pinturas…

-Claro cojones, ¿no se lo ha dicho su secretario?

El señor Petcher se quedó sorprendido. Después educadamente, aunque con cierto tono sátiro, se dirigió al interesado.

-Primero, ¿cómo puede usted probar eso?

Jacinto volvió a buscar entre los papeles que contenían la carpeta y extrajo un documento con aspecto de informe clínico.

-Pues mire, llamé a un detective pa comprobar si lo que decía mi padre era verdad. El señor Luís Pascual, todo un caballero, y muy listo….Éste empezó a buscar por archivos, la cosa es que mi familia era de allí de to la vida. Luego me pincharon, me cogieron unos pelos, y na, que por los huesos que han sacao de los monos, que tampoco creo mucho porque soy Católico… bueno,  que soy pariente.

El señor Petcher agarró el documento y empezó a leerlo detenidamente. No se podía creer lo que tenía ante sus ojos, era un informe de un centro de investigaciones genéticas de la Universidad de California donde verificaba la posible relación del tal Jacinto con los primeros habitantes de las montañas santanderinas.

-Sí es verdad que esto lo demuestra- susurró entre dientes mientras leía detenidamente- de eso, a que usted sea el propietario, hay un mundo si atendemos a una perspectiva jurídica, ¿me entiende?

– Que na, que lo que me decían en Santander.

-Primero, en el caso de que sea propietario, que es casi imposible demostrarlo, los derechos tienen a caducar, entonces la obra pasa a ser Patrimonio de la Humanidad.

A Jacinto le cambió la cara, colocó el garrote sobre la mesa y golpeó con el mismo. El señor Petcher se echó hacia atrás. Empezó a temer por su propia seguridad.

-¿Y por qué entonces se está llevando to el dinero el Estao?

-Tranquilícese señor por favor. Se considera que toda obra hallada en territorio Nacional, es patrimonio propio del Estado, con su consiguiente explotación ya sea turística o para fines de investigación.

Jacinto se levantó de la silla, recogió los papeles y metió la carpeta en el zurrón. Miró fijamente a los ojos al señor Petcher con una expresión amenazante.

-Mu bien, que el Estao si se puede forrar, que el Ramoncín ese mucho hablar pero na, que la ministra igual. Na que aquí to el mundo saca tajá menos yo. Me cago en Dios…

– Tranquilícese señor o tendré que llamar a la policía.

-¿A la policía?- Jacinto agarró el garrote amenazando al señor Petcher- a la policía voy a llamar yo por farsantes, que es lo que sois, unos farsantes.

-Por favor siéntese. Mire, yo hago una llamada, le pongo en contacto con alguien de mayor rango de la SGAE, y posiblemente tenga una respuesta más amplia y con mayor rigor que la mía.

Jacinto agarró con fuerzas el garrote y volvió a sentarse en la silla. No se podía creer que después de tantos kilómetros y el dinero que había invertido en la investigación y el viaje, no fuese a encontrar una solución. Las palabras de Palometo, el nieto de su primo, abogado y recién licenciado, no se correspondían con la respuesta que estaba encontrando en las diferentes sedes de la SGAE. En ese momento empezó a sentir que su sueño de hacerse rico y vivir en la capital, se esfumaba.

Jacinto, más tranquilo, esperó a que el señor Petcher llamase a sus superiores desde un teléfono situado en la sala contigua.

-Bien señor…Jacinto, enseguida le atiende el presidente, sí, el presidente, puede esperar en la sala de al lado- indicó el señor Petcher mientras entraba nuevamente en su despacho.

-¿Pero te han dicho algo?- preguntó Jacinto enalteciendo la voz.

-Al parecer, se da la posibilidad de que usted pueda reclamar esos derechos.

-Ves como se lo decía. Ande, si pa bueno le arreo un palo, ale, ale, gracias señor y disculpe, es que mire, yo…

-Sí señor, sí- El señor Petcher  cortó sus palabras mientras se despedía.

Una vez que Jacinto abandonó la sala, el señor Petcher relajó su expresión y soltó una amplia carcajada. En ese momento la puerta volvió a sonar, era el secretario.

-Señor Petcher, acaban de llegar las denuncias de los peluqueros y centros de estética- dijo el secretario entre las carcajadas del señor Petcher – ¿qué quería ese mentecato?

-Que aquí la gente es gilipollas, pero que muy gilipollas, el pedazo de burro está esperando al superior, vamos a la policía, para ver si cobra los derechos que me ha indicado anteriormente, los de las cuevas.

-¿Los de las cuevas?, ¿pero era verdad?

-Sí, ha venido con un estudio de parentesco de una universidad americana.

-Joder la gente ya no sabe de dónde sacar dinero.

-¿Pagan los peluqueros o no pagan?

-Dicen que no.

-O sea, que ponen la música gratis, seguramente descargada, para que sus clientes estén entretenidos y encima no quieren pagar.

-Sí

-Este país está lleno de ladrones, lleno de ladrones- levantó la voz el señor Petcher mirando a un cuadro del territorio Estatal que colgaba de la pared.

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