Mis primeros pasos

Escrito: Rodrigo Calvo Moreno

Era la primera vez que me metía en el mundo de la mayor, tenía 14 años. Me encontraba  en la inolvidable finca de la sierra “El Buey”, en el principio de los vetustos  Montes de Toledo, al umbral de la década.

Como ya sabemos todos  los cazadores, y más en la mayor, esto de las monterías baratas, o perrunas, como dicen en mi zona, tienen algo de truco. Mi padre era postor, y después de colocar una armada, la dejamos y marchamos a uno de los puestos claves que semanas antes había elegido. Era algo espectacular, en los altos de unos grandes y afilados riscos, en mitad de un morro de monte, donde al frente, divisaba el Castillo de Mora, y a mis espaldas, quedaba moribundo el pantano de Finisterre (de fábula).

Mi padre, con su recién estrenado rifle 30-06, y yo, con su vieja paralela apodada familiarmente como la Mocha, marchamos a la postura. Tras convencerle, me cedió el honor de ponerme en una meseta que nacía entre dos grandes riscos, para disparar primero. Al rebozo de estos, piaras de cochinos vagaban sin control. Al otro lado,  más incómodo, mi padre estaba puesto sin llegar a verme.

Disparé sin cesar quemando toda la munición. Y él debido a su experiencia tan solo hizo tres disparos. Al finalizar la montería, mi padre ya tan famoso, se acercó y me preguntó

-¿Qué?,  ¿cuántos?

Extasiado por el momento de plenitud y euforia que estaba viviendo, disparé al tenazón como si de plomos de octava se tratase y conejos fuesen mi blanco. Ante la situación, yo le respondí.

-pues tres o cuatro cochinos debe de haber por ahí muertos.

La gran decepción fue que al bajar de los hermosos riscos no había ni pata. Frustrado, me puse a echar cuentas. Mi padre había hecho dos de tres, y yo, ninguno. Así que mi padre, haciéndome un aporte de su sabiduría, me recitó su gran frase que en mi memoria de cazador quedó marcada:

-Hijo, una bala es un dedo y un cartucho de perdigones un gran abanico.

Desde entonces comprendí como se podría fallar animales tan grandes y tan cerca, y dar muerte a los más pequeños, en mis queridas tierras Toledanas.

Hoy día, años después, marcado en mi recuerdo, quedan aquellas risas y bromas de mis compañeros entre tragos de vino y platos de judías de ese didáctico y sobre todo querido día, donde mi conciencia reiteraba sin cesar –tierra, trágame-. Pero también quedan esas acertadas palabras, que siempre que empuño el rifle, repito una vez tras otra haciendo lo que más me gusta, la caza mayor.

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Acerca de elsillóndelvago

el sillon del vago
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Una respuesta a Mis primeros pasos

  1. Jose dijo:

    Oleee Rodri.. Algunos la seguiremos defendiendo por que es preciosa y nuestros abuelos han vivido de ella. Aunque nos toque dejarnos los cuernos en defenderla 🙂

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