Un adiós

“Si sumamos las horas, los minutos y los segundos que llevo aquí sentado, el resultado no es otro que fin. Esas horas, esos minutos y esos segundos, son una porción cuantificada a golpe de reloj con la suficiente fuerza para borrar físicamente una historia. Sólo físicamente. Por suerte, tenemos la memoria, y en ella, guardamos todas las emociones en forma de recuerdo que constituyen lo que somos. Esas horas, esos minutos, esos segundos…”

-¿Por qué no se va abuelo? Lleva toda la tarde sentado al sol- preguntó un peón de obra.

-No pensaba que la muerte iba a empezar por esto- respondió Ramón Cortez, el abuelo.

-Tampoco será para tanto

-¿Alguna vez se ha imaginado que todo el proyecto de su vida desapareciese en una fracción de tiempo insignificante si la comparásemos con todos los años que hemos tardado en erigirlo?

-La verdad es que no. Pero supongo que ahora empezará una nueva vida. En otro sitio. Con sus hijos…

-Veo que no lo entiende

-¿La casa no ha sido derribada bajo su consentimiento?

Ramón Cortez miró al peón de obra.

-¿Tiene fuego?

-Sí.

Ramón Cortez sacó un paquete de tabaco y una china de hachís. El peón de obra cumplió las órdenes del anciano. Delicadamente, Ramón Cortez lió el porro.

-¿Fuma a su edad?- Preguntó el peón de obra.

-Sólo hay edad para nacer, para reproducirse y para morir, y las dos últimas cada vez están más alteradas. ¿Va a fumar?

-Bueno.

La tarde era lluviosa. Ramón Cortez estaba sentado mirando a través de una ventana. El habitáculo era silencioso aunque de lejos, y de forma intercalada, se escuchaban quejidos y toses. Por la ventana, corrían lentamente las gotas de agua. Ramón Cortez, quizás con un ojo en el exterior y otro en las gotas, seguía su recorrido hasta que se suicidaban en la letanía del frío del aluminio. No bastaba pensar, se decía constantemente. No bastaba dejar por la cabeza que las ideas diesen saltos de lado a lado, era absurdo digerir mediante las funciones sinápticas un plato de podredumbre que a más de uno, de aquellos vetustos hombres que habitaban en la caverna de sus recuerdos, les hubiese llevado a la tumba, se repetía fatigadamente. Ramón Cortez se levantó y secó con el dedo pulgar una lágrima que había humedecido su piel. Agarró después un bastón y puso rumbo a ninguna parte (expresión que utilizaba para describir sus continuos paseos por la residencia de ancianos donde había sido postergado tras la fatídica y calurosa tarde cuando vio caer delante de sus narices lo que todos entendimos líneas más arriba).

-Señor Cortez, tiene una vista- dijo la voz de un celador.

-¿Es de la muerte?

-Siempre está igual señor Cortez

-Por qué no me llama Ramón, ¿o es que no se acuerda de mi nombre?

-Tiene una visita Ramón

-Sí

-Es de su hijo

– O sea, el segundo paso hacia la muerte

-¿Por qué no es un poco más positivo? Usted está bien de salud

-Quizás la salud de la que hablan sus jefes, los médicos, sea buena, pero la que yo siento, empezó a deteriorarse hace unas semanas

-¿No está siendo correcto el trato en el centro? Pues unas semanas es el tiempo que lleva con nosotros

-Dentro de lo artificial que puede llegar a ser cuidar a un viejo, sí

-Padre- dijo su hijo que ya se acercaba con paso lento.

-¿Has traído hachís?- Preguntó  Ramón Cortez.

Ramón Cortez miraba al techo abstraído. Su cabeza era un instrumento estéril a las palabras de su hijo. Éste, con voz tranquila y saboreando entre tiempo y tiempo un café, le narraba todos los trámites que habían llevado a cabo para el derribo y venta de lo que había sido la casa de sus abuelos, sus padres y él mismo junto a sus hermanos hasta que conoció a Florinda, su mujer.

-¿Por qué cojones me estás intentando justificar lo que has hecho?- Interrumpió  Ramón Cortez.

-¿Y qué se supone que he hecho?

-Derrumbar la casa donde vivió mi padre con su mujer, donde he vivido yo con tu madre y donde has vivido tú con tus hermanos, venderla y mandarme a este puto asilo

-No te equivoques padre, lo único que he hecho ha sido controlarle. Llevaba meses aislado en esa pocilga, mal alimentado, adicto al alcohol, al tabaco y al hachís; dejándose todos los ahorros en putas…

-¿No te habías parado a pensar que de esa forma era feliz? ¿Y para qué cojones quieres mis ahorros y el dinero que te han dado por el terreno?

-Para que esté controlado en el asilo, como usted dice

-¿Y por qué quieres que esté controlado?

-Porque le quiero

-¿Querer es meter a un padre en un asilo apartado de la felicidad y dejado hasta que la desidia y la farmacología lo convierta en un vegetal?

El hijo se quedó reparado.

-Las nuevas generaciones os equivocáis. Sólo pensáis en vosotros, y ni si quiera dejáis morir a gusto a vuestros mayores

-Está confundido padre

-Ya no se puede saltar al pasado, pero solo quiero que sepas que me has quitado más vida, la poca que me queda, de lo que has creído darme trayéndome a este puto sitio

-¿Has comido bien?

-Márchate, y si vienes otra vez, tráeme algo de hachís

-¿Se portan bien con usted?

-Márchate por favor

– Volveré pasado mañana. Mañana tengo un encuentro…

-Márchate, yo ya me fui… hace unas semanas.

 

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Acerca de elsillóndelvago

el sillon del vago
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