Cuando las neuronas juegan

Caminaba lentamente. No sé decir exactamente dónde estaba. No sé si lo que digo alguna vez sucedió. Tengo mis dudas. ¿Caminaba o flotaba? No lo sé.

Paré. La calle era silenciosa. Se respiraba armonía, limpieza, tranquilidad. La luz envolvía el ambiente. Era blanca, muy blanca, como la nieve. Se aguantaba, sí, esa luz se aguantaba. Demasiada minimalista, una urbanización demasiada minimalista. ¿Había dicho que era una urbanización? Creo que no, pues eso, estaba en una urbanización. Los pájaros cantaban. Oía mi respiración. Aspiraba… respiraba, ese sonido se colaba por todas las dimensiones del lugar. Llegué a un edificio de tamaño medio. Unos veinte pisos de alto, todo de hormigón. Miré hacia arriba. Después perdí la visión en lo largo de una calle perfectamente alquitranada y limpia. Todas las líneas estaban pintadas. Parecía como si nunca hubiese pasado un coche por aquél lugar. Volví a mirar a lo alto del edificio, la luz me cegó, por lo que cerré los ojos. Pasé lentamente el dedo pulgar por mi mejilla para retirar una lágrima fruto de la acción pasada. El césped del jardincillo de la entrada era perfecto, regado, cortado, abonado, mimado. Miré al frente, había una puerta de metal de unos tres metros de alto por dos de ancho. Caminé hacia ella. Cuando me vi tocando el frío metal, miré hacia los pasos andados, o flotados. El pelo se me erizó. Sentí una especie de orgasmo que me hizo coger una fuerte bocanada de aire. Acto seguido lo empujé y con una fuerza liberada de cualquier tipo de gravedad vi como el armatoste se movía. El acceso fue fácil.

Un habitáculo de proporciones indefinibles y de una altura infinita me recibió. El silencio era sepulcral. Grité. No había eco. Volvía a gritar. No había eco. Volvía gritar. No había manera de que hubiese eco. Ahora no escuchaba mi respiración, tampoco el latido de mi corazón. Me agaché y puse la mano en el suelo. Estaba muy frío. Caminé, el orden y la limpieza era parte de una norma que minimizaba el área. Volvía a gritar y, de repente, estaba delante de un espejo. ¡No tenía ropa! Me encontraba completamente desnudo. ¿Dónde había ido mi ropa? ¿La tenía cuando estaba fuera? Sí, sí la tenía… Qué más da. Di dos pasos hacia delante. Empecé a mirarme. Era mi cara pero no mi cuerpo. Era un cuerpo de una persona de al menos unos trescientos kilos. Abrí la boca. Empecé a mirarme los dientes. Uno por uno, pieza por pieza. Contemplaba la perfección maxilar de un yo con trescientos kilos. Toqué el cristal. Todo empezó a romperse. Los cristales empezaron a caer haciendo mucho ruido. Tenía la necesidad de andar, la necesidad de moverme, la necesidad de dejar ese lugar, la necesidad de una salida que se alejaba de la salida por donde había entrado antes de tener la necesidad de andar.

-¿Has visto lo que pesas?-Dijo una voz hueca.

-Que grasas, que obesidad- dijo otra voz hueca

-No te das cuenta que estás perdido- dijo otra voz hueca.

-Perdido, perdido en la letanía angosta de no saber dónde estás- dijo otra voz hueca.

-Márchate, ¿qué digo? Nunca podrás marcharte, ¿qué digo? Ahora no podrás marcharte, ¿qué digo? Intentas pero no puedes ni podrás marcharte, ¿qué digo?- Repetía una voz aguda.

Subía escalones. Escalones con una pendiente proporcional. Escalones perfectamente pulidos dónde se reflejaba mi rostro. Escalones que siempre me conducían al principio. Estaba empezando a asfixiarme, tanto peso no me dejaba respirar. La luz había desaparecido y el ruido torturaba mis tímpanos. Humo, recuerdo que había mucho humo. Demasiado humo para respirar sofocado y con trescientos kilos. No podía dejar de andar. El corazón se me había acelerado. Las pulsaciones superaban las doscientas por minuto.

-Nooooooooooo- grité- nooooooo- seguí gritando- bastaaaaaaa.

-No te das cuentas que estás perdido- volvió a repetir otra de las voces huecas.

-Si contamos los escalones que subes, los restamos y los multiplicamos y luego los dividimos, no te das cuenta que estás perdido- repetía una y otra vez la voz aguda.

-El final está en el principio, el principio está en el final- decía otra de las voces huecas.

Abrí los ojos, estaba durmiendo en el vagón de un tren. Encendí un cigarrillo mientras me secaba el sudor. Me levanté y fui directo al espejo, había vuelto a mi peso. Retiré la cortina del vagón, fuera, una interrogación gigante estaba a punto de aplastar el tren. Un tren que no dejaba de pasar una y otra vez  por la misma estación. Una estación que no dejaba de pasar una y otra vez por un mismo punto. Un punto que giraba según giraba el movimiento de rotación de la tierra. Una tierra que giraba inversamente al movimiento natural de rotación. Un movimiento de rotación que se fugaba del campo de atracción de un sol. Un sol que esa noche había olvidado salir.

Sonó el despertador. Eran las once menos cuarto en una habitación de un hotel en el centro de Buenos Aires. ¿O fue en el centro de New York? ¿O en el centro de Tokio? ¿O en el centro de una chabola perdida en un poblado gitano? Creo que no. Sí, creo que no. Simplemente fue en el centro de mi cerebro, cuando las neuronas juegan.

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Acerca de elsillóndelvago

el sillon del vago
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