Me han dicho que recoja todo

Me han dicho que recoja todo. Me han repetido que guarde todo. Es el momento de marchar, de dejar a tras un sueño, una vida. ¿Piensan los que no piensan que en una caja de cartón caben sueños, pensadillas, penas, alegrías, odio, rencores… en fin, toda una vida?

La luz amarilla de mi flexo se mezcla con el humo de un cigarrillo que acabo de apagar. He cogido una bocanada de aire. Siento como se filtra por mis fosas nasales un mar de olores que si bien creo, morirán como mueren las olas en la playa. Serán masacrados por nuevos olores, quien sabe si intensos o suaves, de las nuevas gentes que cadentes de las razones por las que marchó el anterior inquilino, se camuflarán con esa actitud camaleónica que tenemos el ser humano para ocupar los nuevos contextos.

Me han dicho que recoja todo. Me han repetido que recoja todo. Es el momento de marchar, de dejar a tras un sueño, una vida. ¿Piensan los que no piensan que en una caja de cartón caben sueños, pesadillas, penas, alegrías, odio, rencores… en fin, toda una vida? Estoy mirando por la ventana y tras ella veo un camión de mudanzas. He doblado las últimas sábanas que dejaré por si las quieren utilizar los nuevos inquilinos. Pensando, he llegado a la conclusión que cada vez el hombre se va haciendo más inhumano, una composición insustancial e individual preocupada por el medio ambiente pero muy despreocupada por los individuos que lo habitan. Respondemos a ideologías que nuestra hipócrita existencia contradice. Pertenecemos a partidos transversales que acaban ahogándose en una idea hegemónica infructuosa.  Criticamos aquello que nos da de comer. Respetamos a quien nos escupe y hacemos el mal a todo el que por sus circunstancias exteriores o interiores, es inferior en términos sistémicos. ¿Dónde está aquel hombre que vivía con y para los hombres? ¿Aquél revolucionario que llevaba su revolución más allá de sus entrañas?

Hace frío, bastante frío. Es lo que tiene una casa cuando se le han extirpado todos los órganos y aguanta gracias a su esqueleto el sosiego del rechinar de los adioses.

He decidido guardar ese lápiz, o quizás debería guardar el viejo teclado que torturé a base de faltas ortográficas. No, guardaré la memoria de un viejo PC que huele a salmón ahumado. Esa memoria contiene sueños, ideas inconclusas, relatos a medio hacer de esos que dejas para un mañana cada vez más cercano pero que no llega. Podría guardar el cenicero, tantos y tantos cigarros, porros y lo que no son porros mutilados. Sufrirá la falta del calorcillo humeante y tiñoso si los nuevos inquilinos nos son fumadores. ¿Qué debo guardar en esa caja?

Bajo lentamente unas escaleras. Todavía estoy viendo a Alba, ahí, con su mirada triste, despotricando del mundo y muriendo por la ideas. Sintiendo el calor de todos como siento el latir de mi corazón.

-Señor Martínez, ¿ha termina de recoger sus cosas?- me pregunta el operario de la empresa de mudanzas.

-No

-¿Tiene decidido dónde lo vamos a llevar?

-No

-¿Me va a responder a algo que sí?

-¿Quiere un trago?

-Es temprano, pero bueno.

El bar de Tony. Ahora no es el bar de Tony. Es un espacio diáfano donde cocina y clientes conviven separados por un cristal. Es uno de esos establecimientos de comida en cadena donde sirven productos almacenados en grandes contenedores. La representación del modelo fordista que aniquila el romanticismo y la pasión de toda una cultura culinaria y de convivencia de barrio.

Un olor sintético nos saluda. El camarero agacha la cabeza y con cortesía, aunque alejado de cualquier signo de cuadrilla tabernera, nos pone un par de cañas en vaso de plástico. El pincho no es Yanki, por lo que pedimos una ración de algo que se asemeja a unas patatas.

-¿Y dices que llevabas viviendo cuarenta años en el barrio?

-Sí

-¿No sientes pena de dejarlo?

-Sí

-¿Por qué siempre me respondes con monosílabos?

-¿Qué siente al llevarse parte de la vida de los demás a otro sitio?

-Buena pregunta… nunca lo he pensado.

-¿Cómo no puede pensar eso alguien que vive de ello?

-¿A qué te dedicas tú?

-Era cartero.

No quiero responderle que yo siempre me había sentido portador de ilusiones, penas y propaganda. No lo conozco lo suficiente para desnudar las partes más íntimas de otras tantas como muchas profesiones condenadas al olvido. Me ha invitado a lo tomado y regresamos a casa. Desde la entrada, a través del cristal de la guardilla, se ve la caja donde tengo que guardar toda mi vida. He olvidado por completo esa operación por lo que despacharé con un “espera el tiempo que tenga que ser” al trasportista que no sabía si trasportaba ilusiones, recuerdos, penas… o meras piezas materiales de uso cotidiano. ¿Quizás no se quería inmiscuir con la parte psicológica y sociológica de un trabajo tan frío y doloroso?

Antes de entrar por la puerta miro atrás. El tal señor se está fumando un cigarrillo. Mira al suelo y golpea algo con su pie. A su lado, el camión de mudanzas, o la funeraria de contextos, me mira con sus dos luces circunstanciales.

El viento juega con unas hojas en el patio. Allí alba escribía sus relatos para una revista feminista mientras yo repartía mensajes. Era buena escritora, una forma irracional, para muchos, de entender la literatura como se entiende la vida. Fue una pena, una mañana, su vieja máquina de escribir dejó de oler a tinta y a papel reciclado. Conoció a un hombre de esos que dicen tener todo,  enmascarados en una delicada pero pretenciosa dialéctica, y puso rumbo al norte. Meses después me enteré que la droga y el alcohol habían chafado dos corazones inquilinos y Alba había puesto nuevamente rumbo al centro.

Años después la encontré en un semáforo. Me saludó cabizbaja. El rojo, el color que un día nos unión, nos dijo adiós hasta la fecha.

-¿Ha terminado de guardar sus cosas?- Me vuelve a insistir con un tono petulante el operario.

-¿En su camión cabe toda una vida?

-Déjese de idioteces, tengo muchas cosas que hacer.

No me responde, por lo que vuelvo a la caja. Creo haber decidido lo que meter. Guardaré una porción de nostalgias, otra de alegrías, otra de penas, otra de aromas y, sobre todo, una de besos. Sí, creo que guardaré todos los besos que no di y por lo que hoy me arrepiento.

Cierro la caja con cinta de carrocero, la bajo y la coloco en el lugar más seguro del camión.

-¿Parece que llevas poco ahí dentro?- me pregunta con tono irónico el transportista.

-Es imposible cuantificar lo que aquí guardo- le respondo un tanto insípido- siempre igual, siempre creemos que podemos mediar todo, ese es el error, el medir…

-Tranquilo, no se ponga así, ¿ha cerrado bien las puertas?

-Sí

-Cuándo quiera nos vamos

-Ahora mismo

-Lleva prisa

-No

-Parece como si la llevara

-Usted me ha invitado a marcharnos

-¿Ha pensado dónde dejar todo esto?

-Todavía no

-Todo el kilometraje correrá de su cuenta

Era el momento de marcharnos. ¿Las circunstancias? No las tenía claras. ¿Dónde iría? Tampoco lo sabía muy bien. Había renunciado al sistema y el primer paso era dejar atrás el sistema. Todo lo que necesito lo llevo guardado en una caja de cartón, el resto, lo arrojaré al primer vertedero que encuentre, sitio dónde los occidentales arrojamos las sobras de todo lo que un día fueron necesidades.

El camión ha arrancado. Miro hacia atrás. Preciso una última instantánea del lugar para guardarla en mis adentros. No sé si irá al corazón como decía Aristóteles o a la cabeza como se dice hoy en día. Sólo sé que quiero una instantánea para así, cuando quiera ser turista de donde un día viví, tener un pasaporte aunque sea en sueños debajo de un árbol, en un puente de carretera, en una casa ocupa, en un centro de sin techo…

-Si quiere puede fumar, no me importa. Yo ahora mismo me voy a encender un cigarro.

-¿Es feliz?

-¿Usted qué le pasa? ¿Es pensador o algo de eso y va a escribir un libro? Pues claro que soy feliz. Tengo mi coche, mi casa, una tele de cuarenta pulgadas para ver el fútbol, voy a Benidorm a comer coñitos en verano y los domingos por la tarde, me voy de putas… y sí cojones, soy feliz.

Yo también lo era, le respondí mientras sacaba el último cigarro de un paquete que había comprado hace seis horas.

 

 

 

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Acerca de elsillóndelvago

el sillon del vago
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Una respuesta a Me han dicho que recoja todo

  1. Noemi dijo:

    menos el comentario hipermachista del final, me ha encantado y me parece un guión cojonudo….piénsatelo

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