Breve historia de un amor de primera de esos que solemos olvidar olvidando lo olvidado cuando las neuronas juegan al juego de hacer lo imposible

Había parado el coche en la puerta de un hostal de carretera. Una luz de neón anunciaba precios baratos. La temperatura era buena, a pesar de que unas nubes amenazaban con estropearla (o mejorarla). Cerré el coche y pasé a la cafetería del establecimiento. Una máquina tragaperras amenizaba el ambiente. En la barra el camarero bromeaba con un cliente que a primera vista, mostraba la situación al instante deducida. Cuatro tubos de cerveza vacía ratificaban cualquier sospecha. Pedí un café solo, sin azúcar, quería tantear el amargor tangible del café, estaba cansado de que siempre mi vida supiese intangiblemente a ese sabor que te hace fruncir el ceño y apretar la lengua a los dientes. Otro cliente que había descuidado salió del servicio, pidió algún tipo de bebida alcohólica que desconocía y se encendió un cigarro. El camarero dejó a un lado las bromas y preparó los mejunjes. Nos lo sirvió. Me lo bebí en un par de tragos. Dejé la cafetería y fui a recepción. Pedí un dormitorio doble por un precio asequible a cualquier bolsillo. Sopesé el dormir en la suite, aunque se hacía absurdo viendo la mediocre calidad del sitio

Las escaleras hacia la habitación crujían a cada paso. Gracias a la moqueta el ruido pasaba de ser insoportable a un tanto romántico. Desfilaban por mi cabeza todas aquellas películas de terror de la maquinaria yanqui. Dudé en cada uno de los pasos en echar la vista a la espalda por si algún que otro asesino se divertía por el lúgubre oscuro que se formaba en el fondo de los pasillos perpendiculares.  Llegué a la puerta. Comprobé el número con el que aparecía en la llave y la abrí. No era muy grande, lo suficiente para dos personas. Me senté en la cama y esperé.

Dos horas después seguía sentado en la cama viendo como mi sombra se proyectaba en la pared. La luz del neón iluminaba tímidamente el espacio. Esperé cinco minutos más entre un rojo y verde intermitente. Era el momento, mi amor llegaría no tardando mucho. Me quité la ropa y fui directo a la ducha. Encendí el agua caliente y llené la bañera. Cuando el habitáculo estaba repleto de un vaho inquebrantable a la visión, me lancé al agua.

Mis manos empezaron a arrugarse, por lo que decidí salir. Me coloqué la toalla y caí desnudo en la cama.

Estaba pensativo, no dejaba de mirar el reloj, el momento se acercaba y quería sentirme pleno. De un bolsillo de la chaqueta, saqué un bolígrafo, unos folios y dejé que las neuronas jugasen.

Necesitaba unas piernas, unos brazos, un tronco y una cabeza. Necesitaba unos pies, unas manos, unas orejas, una nariz y unos ojos. Necesitaba pelo y uñas. Necesitaba unos pechos y una vagina. Necesitaba unos pulmones, un intestino, un hígado y unos riñones. Necesitaba un cerebro. Necesitaba un olor y una temperatura. Necesitaba un carácter y un temperamento. Necesitaba una conducta, un idioma y un coeficiente intelectual. Necesitaba recuerdos y unas cicatrices. Necesitaba una familia, unos amigos y unos enemigos. Necesitaba unos gustos. Necesitaba unos pantalones, ropa interior y una camiseta. Necesitaba un abrigo, un gorro y unas zapatillas. Necesitaba una cartera, unas llaves y un coche. Y lo más importante, necesitaba un nombre.

Quité la capucha del bolígrafo y apoyé el folio en la mesilla. Empecé a buscar.

Paso por paso, de forma delicada, fui buscando entre mis recuerdos cada una de las partes. Después, con tinta, corazón, razón y papel, las cosí todas. Pasó un minuto, dos, tres… Pasaron ideas y sentimientos.

Solté el bolígrafo y el papel sobre la cama. Miré el reloj, era la hora exacta. Se había retrasado, por lo que fui al servicio. Cuando llegué me volvía a tumbar en la cama. Cogí el papel y empecé a leer lo escrito, mi amor había llegado. Se llamaba Marga, y ella y yo, empezamos a hablar. La noche continuó hasta que se agotó el papel. Hicimos el amor, cenamos, fumamos yerba, bebimos cerveza, volvimos a hacer el amor, nos contamos historias. Por la mañana, bajé a recepción a por más papel. Continuamos haciendo el amor, reímos y acabamos el último cogollo de yerba.

A las once desayuné junto a ella. A las doce me despedí debajo de un árbol que había perdido todas las hojas por circunstancias estacionales. Arranqué el coche mirando por última vez el sitio.

De camino sabía que aquella cita nunca se volvería a repetir y si lo hiciese, podría denunciarme por plagio.

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Acerca de elsillóndelvago

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Una respuesta a Breve historia de un amor de primera de esos que solemos olvidar olvidando lo olvidado cuando las neuronas juegan al juego de hacer lo imposible

  1. Noemi dijo:

    Es increíble la descripción tan minuciosa que realizas. Parece transportarte a cada escena. Pero no termino de entender bien la historia…

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