La muerte

1.

Todo lo tenía delante. El mundo habitaba mi lado. Solamente era un intruso del espacio, una forma de ser muy alejada del ser humano homologado. Escuchaba ruidos, palabras; veía gestos, movimientos; sentía emociones, anhelos; pero siempre desde una distancia alejada y marcada por la indiferencia.

“¿Cómo te has levantado? Te veo bastante bien. Hoy pasearemos por el parque, será bueno que te dé el sol” decía mi madre mientras retiraba las cortinas.

Me hubiese gustado responderla, pero la distancia me lo impedía.

“Mama” Gritó mi hermana

“Si hija”

“¿Dónde guardaste el bolso?”

“No saludas a tu hermano”

“¿Para qué?”

Sí, para qué. Eso me lo preguntaba a diario. No encontraba sentido alguno en llevar a cabo un acto sin respuesta por mi parte.

“Está en la cocina” Dijo cabreada mi madre mientras se acercaba a mi hermana. “Saluda a tu hermano” susurró tapándose con la mano la boca como intentando que no me percatase.

“Hola Manuel”

Hola musitaron mis neuronas desde la cama donde estaba postergado sin poder hablar, moverme  y casi vivir, fruto de un accidente de tráfico.

2.

Las ruedas marcan el espacio. Un espacio conducido por otras manos. Unas manos que me hacen ser. Un ser gracias a la bondad de mi familia, de todos aquellos que un día se tuvieron que entregar a mí. Aquellos que por una decisión desafortunada relegué a la esclavitud de un cuerpo obtuso.

“Mira los puestos, mira todas las cosas que hay”

Tengo treinta y cinco años y palabras como éstas salen de la boca de mi madre a diario. Conjugaciones lingüísticas cargadas de sentimiento que parecen más bien dirigidas a un chaval de dos años que a uno de mi edad.

Las ruedas marcan el espacio y cada día anhelo más la muerte. Quizás una postura muy egoísta por mi parte, pero alguien se ha parado preguntarme si su posición no es egoísta al mantenerme en esta condición. Es una lástima, nunca podría expresar una respuesta que no se parezca a un simple eee, aaa, uuu…

3.

Noventa y tres años. Se dice poco. Quién hubiese pensado que viviría tanto. Con las que he pasado. Dictaduras, guerras, hambre, enfermedades, golpes de estado. Quién hubiese firmado esta edad cuando me vi solo, herido y medio enterrado en aquella trinchera mientras la lluvia la inundaba. O aquella tarde dentro de un amasijo de hierros viendo como mi hermano se desangraba. O aquella enfermedad que cambió mis días. Y ahora aquí, con noventa y tres años, olvidado en una cama de un hospital en un estado cadavérico sintiendo como la química prorroga una vida que ya no le toca vivir. Aguantando las obligaciones  éticas de unos médicos, morales de una sociedad y sentimentales de una familia. Sobreviviendo en un cuerpo ilegal para el presente.

4.

Cuando dijeron a mi mujer que no tenía solución, por desgracia no me enteré. Pero bastaron gestos, palabras y posiciones siempre cuidadas a la hora de comportarse, para sacar conclusiones.

“Me quiero morir” Solía decir cuando todavía podía hablar.

“Irás al infierno, el suicidio es un pecado. Morirás cuando Dios te llame para la muerte” Me repetía siempre correcta mi mujer.

¿Pero es que Dios no me llamó hace tiempo, aquél día que me empezaron a medicar para prolongar algo que no tenía sentido?¿No estaba y estoy pues actuando en contra de su voluntad?

5.

La locura es algo extraño, algo que no controlas pero que sin embargo te controla. La locura es como sentir que no eres, que perteneces a un espacio alejado del espacio estándar.

Estar loco es respirar el miedo en cada esquina, esperar algo que nunca llega pero que sabes que te puede jugar una mala pasada. Estar loco es un sentimiento deshumanizado donde el corazón palpita al son que marca el delirio.

El catorce de febrero, día de los enamorados, intenté dejar el mundo. Estaba harto de tener que vivir olvidado entre cuatro paredes en un centro. Harto de aguantar falsas caricias de personas que conocía y dejaba de conocer cada año. De un médico que categórico reducía mi enfermedad a síntomas y química. Estaba harto de un mundo donde lo normal se alejaba y se alejaba de lo que yo entendía como normal.

Aquél día casi lo consigo. No lo hice, pero tampoco pude hacer comprender a todos los que me rodean que aunque solo fuese por una vez, se percatasen de que merezco la muerte. Es duro decirlo, sí, pero creo que la merezco.

6.

“Padre, ¿cuándo me llamará Dios para subir a los cielos?

“Hijo, eso no lo puedo responder”

“Pero no se da cuenta que aquí ya no pinto nada”

“¿Y los que te rodean?”

“¿Quiénes Padre?”

“Todos los que día a día están contigo”

“¿Quiénes padre?”

“Tus hijos, tu nietos, tus amigos”

“Los  que se acuerdan solo cuando no tienen dinero”

“Ya será para menos”

“Me quiero morir padre, quiero estar cerca de Dios”

“Por favor”

“No aguanto más padre”

“Por favor”

“¿No cree que ya he vivido demasiado y hora solo soy un estorbo?”

“Por favor”

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Acerca de elsillóndelvago

el sillon del vago
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