Sin título

1 Parte. Lo de hoy

Aquel día se había levantado temprano. Preparó un café con cuatro cucharadas de azúcar, como le gustaba. Fumó un cigarrillo mientras leía la prensa y saboreaba lentamente esa suma de aromas tropicales cultivados en invernaderos mediterráneos. Miró la política nacional. Analizó los artículos de opinión y se peleó consigo cuando intentaba acercar aquellas posturas que se alejaban de su concepción política. Miró posteriormente la economía, la bolsa y todos esos tejemanejes que nunca había entendido al completo pero que siempre le habían suscitado un gran interés. ¿Cómo puede ser que la supervivencia de sus coetáneos y compatriotas de sistema económico pudiese resumirse en algo tan abstracto? Solía preguntarse. Miró los deportes por encima y la programación de la televisión. Sabía que la tarde, si todo no empezaba a cambiar, la pasaría sentado frente a ese invento del posmodernismo que a todos, en cierta medida, nos está volviendo un poco más gilipollas. Tanta abstracción para lo que verdaderamente nos atañe y tan poca para lo que no nos importa. Sacó a pasear al perro. Charló con sus adentros mientras el animal hacía sus necesidades y olisqueaba los culos de alguna que otra perrilla que vagabunda, circulaba buscando algo que echarse a la boca. A las diez ya estaba de vuelva en casa. Era el momento.

Javier Delgado, el susodicho, era escribidor, así se autodefinía. Desde muy pequeño, había ordeñado tinteros de tinta para plasmar todo aquello que su cabeza generaba sin ton ni son. Un día asesinaba a su madre, otro era amigo del presidente, una tarde se encontraba en un guerra espacial a bordo de una nave, una noche salvaba el futuro de la humanidad; una suma continua de historias que tatuaba desordenadamente en papeles que descansaban en viejos cajones llenos de polvo.

A los quince años dio el paso y publicó. A los diecinueve ya había ganado unos cuantos premios de escritura. A los veinticinco diez eran los libros publicados y múltiples las ofertas de editoriales. A los treinta y cinco pasó a formar parte de un grupo selecto de escritores con la friolera media de edad de sesenta años y unos cuantos premios internacionales a sus espaldas. Su vida se reducía a eso, éxito y una producción cultural –término que odiaba- muy por encima de cualquier autor.

El cerebro humano es extraño, el cerebro humano es una composición plástica moldeada a base de sentimientos. El cerebro humano es una suma perfecta que tiene como resultado el amasijo de esos sentimientos. El cerebro humano es lo que todo individuo quiere que sea dentro de un arco que responde a las actitudes intelectuales que la genética nos ha dado. Eran las palabras más repetidas por el autor cuando se sentía mal o no le salía algo. Y ese momento era uno de ellos. Porque a Javier Delgado no le salía nada y esa tarde se había planteado ponerse a escribir después de casi cinco años, el parón creativo más largo de su vida. El espacio de tiempo que según sus palabras le habían condenado a la amargura y la orfandad de la esencia de su existencia, sus historias.

Había rezado –era ateo- , había pasado por las mejores consultas de psicología de la ciudad, había practicado rituales, había realizados viajes, había devorado montañas de libros, había consumido todas las carteleras posibles de cine, había paseado, se había divorciado, había probado drogas, se había emborrachado multitud de veces… eran tantos habías y sin resultado que ya empezaba a pensar en ponerlos con uve para ver si algo cambiaba. Muchas veces, planteó el escribir el día a día, pero su vida era muy aburrida. Y cuando salía un poco de lo normal, todo acababa en consejos de amigos que le conducían a amargarse más en bares de luces tomando la última copa sobre camas de prestado.

-¿Me puedes poner con José Félix? Soy Javier Delgado- preguntó por teléfono delante de la pantalla mientras se fumaba un cigarro. –Hola, ¿qué tal? No, no tengo nada- pronunció mordiéndose la legua mientras miraba un tanto irritado a través de la ventana.

La conversación se extendió hablando de derechos, conferencias y diferentes actos que tendría que cumplir en los próximos meses mientras roía un lapicero después de haberse fumado el cigarro en dos caladas.

-¿Y de dónde saco el tiempo para escribir?- Interrumpió Javier Delgado.

El representante, José Félix, comenzó con su estructurado y locuaz discurso con tintes psicoanalistas y pedagógicos que recitaba a todos  los artistas que representaba. Eso sí, con especial interés siempre para autores cómo el susodicho.

-No aguanto más. Si no vuelvo a escribir, dejo todo.

Javier Delgado colgó el teléfono. Apagó el ordenador y se tiró en el salón. Puso el canal porno. Se masturbó y abrió una botella de güisqui. Cuando la llevaba por la mitad llamó a Raúl, su camello. Una hora después, se puso una raya de cocaína.

El día estaba tirado, lo tenía claro, siempre que acababa metido en ese mundo de enajenación, las ideas, esas que antes goteaban como un grifo a medio cerrar, se escondían entre los entresijos de su cerebro.

A las cinco de la tarde hizo tres llamadas. A las seis empezó a sonar el timbre en diferentes espacios de tiempo.

-Lo que voy a contaros es una oportunidad única para vosotros. ¿Porque es verdad que sois seis escritores?

-Sí- respondieron los seis invitados que acomodados fumaban y bebían mientras escuchaban las palabras aceleradas y muchas veces salidas de contexto de Javier Delgado.

-Llevo cinco años sin escribir. ¿Saben lo duro que es eso para un escritor como yo? Alguien que ha sido fiel a sus publicaciones que como podréis haber leído… siempre han sido de una calidad exquisita. Porque mis obras no son…no yo…

-Por favor, está muy bien que nos cuentes lo bueno que eres, pero no le importaría contarnos aquello por lo que nos citó- interrumpió uno de los asistentes.

Javier Delgado calló de repente. Congeló la mirada y soltó a través de sus tan desarrolladas técnicas de expresión corporal o silencios fratricidas, una suma incalculable de adjetivos descalificativos hacia el valiente en cuestión

-Necesito que escriban para mí. Ustedes me dan sus obras y yo las publico con mi nombre. Ah, y por los beneficios no se preocupen, el ochenta por ciento para ustedes y el veinte para mí. ¿Qué opinan?

El silencio dominó el ambiente durante unos minutos. Javier Delgado lo aprovechó para hacer una raya.

-¿Mañana cuando se le pase el pedo no pensará de forma diferente?- Inquirió otro de los asistentes.

-No, no aguanto más. Confíen en mí. Os doy dinero para abogados especializados en derechos con el fin de que os asesoren. Lo que quieran, pero necesito publicar, y cuanto antes, mejor.

Aquella conversación se quedó en compromisos. Tres semanas después recibió tres novelas. Unos días después, un par de ellas más.

2. Parte. Lo de ayer

Tengo quince años. Vivo bien, soy un chico normal con sus virtudes y sus defectos. Voy al instituto, salgo con chicas, tengo amigos… pero difiero en algo al resto, acabo de publicar una novela. Sí, una novela. Quizás no es algo normal para un tipo de mi edad, si entendemos como ello a lo establecido. Desde muy pequeño sentía una necesidad enorme de inventar y busqué una superficie donde poder satisfacer todo esto. Un espacio, donde mi yo se disipaba por el ello. Tengo claro que cuando el superello intente imponerse al ello, dejaré de escribir. No entiendo esta necesidad como una obligación.

Mi libro se llama “Mirando hacia delante” y especialistas, de esos que no han valido para otra cosa que para encasillar y criticar, o lo que es lo mismo, dirimir los verbos, preposiciones, conjunciones, adverbios adjetivos y sustantivos que representan tu obra a un adjetivo que dice ser todo pero que nunca expresa nada, o que simplemente expresa lo que el mercado quiere sacar de ti, han dicho que soy una promesa de la narrativa nacional.

3. Parte. Lo de mañana

Juan Delgado se encontraba sentado en un parque. Eran las ocho de la mañana de un invierno frío. Los nuevos brotes de hierba que habían nacido tras las últimas lluvias después de un verano seco, habían sido polvoreados por una fina capa de escarcha. Fumaba un cigarrillo mientras leía la última novela publicada bajo su nombre. De aquella conversación desesperado con aquellos escritores noveles distaba ya más de ocho años. En ese tiempo había publicado cinco obras que no por la calidad sino por el nombre, habían conseguido mantenerlo en la élite de la narrativa. Al principio todo empezó como un parche para superar una mala etapa, pero ese parche ocupó paulatinamente temporadas.

Su pluma estaba perdida. Su creatividad enterrada. Aquella necesidad de crear ya no le era necesaria. Se encontraba feliz y realizado y esos jóvenes escritores muchos de ellos con una prosa cada vez más madura, cubrían ya no una necesidad sino una obligación de tener en el mercado una obra cada equis tiempo. La industria cultural manda, se solía decir. La industria cultural impone y el artista como generador de contenidos tiene que cumplir con su trabajo, solía repetirse. ¿Qué importa la ética? Pregunta que saltaba de punta a punta de su cada vez más deteriorado cerebro para justificar una práctica que en otra época habría detestado.

Juan Delgado caminó hacia la librería donde habitualmente solía comprar las lecturas que acompañaban a su soledad.

-Buenos día Juan, maravilloso libro- exclamó el tendero

-Gracias

-Una pregunta, ¿el señor Lucas…?

-Perdona que te interrumpa, pero es que hay novelas que merecen ser no habladas, y esta es una de ellas.

Era la respuesta que solía dar a todos los que intentaban hostigarle con el objetivo de desnudar personajes que él no había creado ni conocía.

-Buscaba La Caverna de Saramago

-Está en la planta de arriba.

4. Parte. Lo del principio.

Juan Delgado nacerá prematuro. Los médicos pensarán que estará muerto. A los siete años tendrá la necesidad de contar historias. Pasará tardes enteras confeccionando un tejido narrativo muy alejado de las obligaciones.

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Acerca de elsillóndelvago

el sillon del vago
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