Hellas Hell

Cuando me toca hablar de algo parece que las palabras se esconden. No sé bien si es por la simple timidez que atavía mi naturaleza, o por falta de sagacidad a la hora de afinar el dedo y pulsar consecuentemente el teclado.

No es lo mismo recorrer dos metros a pie que recorrerlos con la mirada. Y dos metros es la distancia que hay de mis ojos a unos ojos que te gritan “soy una cosmos de historias”. Unos ojos, seguramente mutilados por las lentillas, que convierten a tu ser más reflexivo en una representación ensimismada, encadenándote a su contemplación como le pasó a Basil Hallwardle con el rostro de Dorian Gray en aquél libro Oscard Wild.

Pero no me gustaría centrarme en unos ojos. No, eso aquí no es mi cometido. Es verdad que ese par es fundamental. Ahora bien, hay que sumar neuronas, impulsos nerviosos, carne, vísceras… para que sean un cuerpo capaz de convertir en arte cinematográfico lo que yo convierto en consecuciones torpes y desaliñadas. Decía Arnheim que el artista audiovisual tiene que jugar con el plano, la luz, la profundidad de campo, el tiempo narrativo para crear su obra. Y ella lo hace, porque ese cuerpo y esos ojos son ella. Una artista audiovisual a la que, como un buen canalla y becario de segunda, la hago la pelota cuando comparto impresiones en el curro. Pero hoy no estoy en el curro. Me encuentro en el sillón, tirado. Escuchando como agoniza mi ordenador. Contando mi impresión tras ver su reportaje documental que cojonudo, no os miento, me ha hecho encenderme un cigarro y tomar unos apuntes sobre un folio arrugado que sobrevivía al caos de mi mochila. Porque lo que he visto es bueno. Demuestra madurez, ganas de hacer las cosas con delicadeza. Es un ejemplo de arte liberador, y no de toda esa basura que nos comemos a diario, transferida por cultura de masas. Es verdad que la música me falla, pero no se puede ser perfecto ante el recelo de un joven inútil.

De lo que os hablo es de “Hellas Hell”, reportaje documental presentado el pasado viernes y credo por Romina Peñate y otros tipos.  Trata sobre los olvidados en Grecia. Un país que ahora agoniza por la avaricia de unos pocos, y que entonces hacía agonizar a todos esos rostros que se muestran en la pieza, por la avaricia de los que ahora agonizan. Tema que toma notoriedad, ya no por la situación de crisis que nos están haciendo atravesar, sino por reflejar hasta dónde puede llegar la podredumbre del ser humano. Porque resulta necesario pensar (siendo un poquito egoístas), que los que entonces sufrían y que vemos desde la pantalla del ordenadores acomodados en nuestra casa, podemos ser nosotros algún día. La distancia, os repito,  no es la misma a pie que recorrida con la mirada, y parece que no hay tantos pasos.

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Acerca de elsillóndelvago

el sillon del vago
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