El castillo (Kafka)

Conoces a Kafka. Has leído el Proceso, la Metamorfosis, y ahora, después de haber masticado otros títulos de grandes autores de la literatura, te sientas con el Castillo. Bonita metáfora ya la del nombre. Ese Castillo que está en lo alto de una colina, por encima del pueblo. Inaccesible, rígido, con una fisonomía cambiante acorde a la distancia a la que se encuentre el que lo contemple (de lejos es más bello, de cerca se muestra el deterioro del paso del tiempo).

Lo que nos narra Kafka  es la historia de K (nuevamente vuelve a recurrir a K para llamar a su personaje), un individuo del que poco sabemos que ha llegado a un pueblo alemán contratado como agrimensor por los propietarios del mismo, que viven en el Castillo. La novela, desarrollada en seis días, gira en torno a las averiguaciones acerca de su puesto de trabajo y el acercamiento del personaje a las autoridades que le han llevado allí. El primer día al anochecer, en una posada en la que decide alojarse, le deniegan el acceso por falta de permiso de la autoridad pertinente.  Momento crucial, ya que ahí, K fija el camino o estratagema que articula toda el libro: pertenecer al grupo sea como sea y a costa de lo que sea. Y en ese camino se cruzará Friedla, la amante de Klamm (autoridad del castillo), con la que se comprometerá al calor de las sábanas.

Todo esto nos lleva a destacar una anécdota que no pasa de anécdota (perdonen la redundancia) si no has leído la novela, la fuerte influencia que tiene Kafka de la obra de Max Weber (su hermano, Alfred, fue profesor del Kafka, que queda impresionado con la forma que tiene Weber de analizar la sociedad industrial y sus peligros),  y cómo ésta es clave para la construcción del relato.

Metiéndonos un poco más en el mejunje técnico, pronto nos damos cuenta que la historia está contada por un narrador omnisciente del que llama la atención el hecho de la coincidencia de su perspectiva con la del personaje. Ya no solo sabe todo, sino que tiene su representante, además protagonista, en el relato. Recuerda a la figura de Dios y Jesús (uno en el cielo y el otro en la tierra). Aunque los hechos protagonizados por k se desarrollan linealmente, según he leído por ahí, no recuerdo dónde, la novela está estructurada de una manera que no puede ser calificada de lineal (introduce analepsis y prolepsis que crean un ritmo irregular de la narración ralentizándola o incluso parándola, para mostrar las dificultades del personaje para conseguir sus objetivos). En cuanto al espacio, qué decir que no haya dicho (el Castillo y el pueblo), eso sí, destacando que la mayor parte de los lugares son cerrados, pequeños, mezquinos, dominados por la oscuridad…; resumiendo, agobiantes.

En una de las partes del libro K se reúne con la hermana de Barnabás (que es el mensajero del catillo), Olga. Allí se entera que su familia lleva aislada socialmente durante años tras el rechazo de su hermana por una serie de relaciones infructuosas con uno de los funcionarios del Castillo. En esta parte Kafka hace un ejercicio de maestría al desarrollar con precisión diferentes procesos de la formación de la opinión, y cómo estos, son más poderosos para destruir a una persona, en este caso a una familia, que cualquier tipo de opresión física. El Castillo no solo son los funcionarios, ni  tampoco la pétrea estructura, el Castillo es el grupo y la opinión que domina el grupo siempre generada y condicionada por el poder superior. Dicen que Kafka escribió esto en una instalación turística a la que acudió para recuperarse de lo que hoy en día en la psicología moderna se conoce como ansiedad. Seguramente allí, si el sitio se caracterizaba por tener un ambiente social de carácter rural, sería consciente del poder de destrucción de la opinión en grupos pequeños y cerrados.

Y así, para poner fin y no interrumpirles en sus quehaceres, se puede decir como reflexión general que el libro es una obra maestra (cómo no en Kafka) que el autor nunca llegó a acabar (cómo no en Kafka). Una metáfora perfectamente construida y desarrollada, alejada de maniqueísmos y de no fácil lectura, donde el autor, se muestra políticamente incorrecto mediante la virtud que envuelve toda su obra, el sarcasmo. Presentando así una distopía que invita una vez más a entender el anarquismo como única salida a la alienación que el poder impone al ser humano. Una distopía donde el lector paciente observará la rigidez y las incoherencias de una estructura social hecha para unos pocos, y la contradicción de todos por intentar pertenecer a ella.

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